La inteligencia artificial, las energías renovables y los nuevos materiales son ejemplos de oportunidades para afrontar los desafíos de la sostenibilidad.

Sin embargo, su desarrollo también exige energía, agua y recursos naturales. ¿Cómo podemos aprovechar el potencial de la innovación tecnológica sin agravar los problemas que pretendemos resolver?
La respuesta pasa por reconsiderar qué entendemos por progreso y situar la sostenibilidad en el centro de nuestras decisiones tecnológicas.
1. La doble cara de la innovación tecnológica
Las nuevas tecnologías se han convertido en importantes aliadas de la transición hacia la sostenibilidad, pues permiten aprovechar mejor las energías renovables, optimizar procesos industriales, gestionar recursos naturales y desarrollar modelos productivos más circulares.
Su potencial es considerable, y según informes disponibles, las soluciones digitales pueden contribuir directamente a 119 de las 169 metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), lo que demuestra su amplio campo de aplicación, aunque no garantiza que sus beneficios se materialicen.
Aquí aparece la denominada paradoja ambiental de la digitalización, y es que las mismas tecnologías capaces de reducir emisiones y optimizar recursos necesitan infraestructuras que consumen energía, agua y materias primas.
Además, debemos considerar el efecto rebote. Cuando una tecnología incrementa la eficiencia y abarata determinados servicios, puede estimular un consumo adicional que reduzca los beneficios ambientales inicialmente previstos. Es lo que se conoce como la Paradoja de Jevons.
Por tanto, mejorar la eficiencia de una actividad no equivale necesariamente a disminuir su impacto ambiental global.
2. Ámbitos donde la tecnología puede marcar la diferencia
La contribución de la tecnología a la sostenibilidad resulta especialmente relevante cuando responde a problemas concretos y complementa otras transformaciones.
2.1 Energía y descarbonización
La energía solar fotovoltaica, la eólica y las baterías comerciales ya desempeñan un papel importante en la transición energética.
Paralelamente, avanzan tecnologías como las células solares de perovskita, que pueden combinarse con el silicio para aprovechar mejor la radiación solar. Sin embargo, estas células todavía afrontan dificultades relacionadas con su durabilidad y su fabricación a gran escala.
Algo parecido sucede con determinadas tecnologías de almacenamiento de larga duración, que necesitan demostrar su viabilidad en diferentes aplicaciones.
El hidrógeno renovable y la captura de carbono también ofrecen posibilidades para actividades industriales difíciles de descarbonizar, como determinados procesos siderúrgicos y cementeros.
Sus principales obstáculos son los costes, las necesidades energéticas y las infraestructuras requeridas. El hidrógeno de bajas emisiones, que incluye modalidades distintas del renovable, apenas alcanzó un millón de toneladas de producción mundial en 2025.
2.2 Eficiencia y gestión de recursos
La inteligencia artificial (IA), la sensorización avanzada e internet de las cosas (IoT) permiten detectar pérdidas de agua, ajustar la climatización de los edificios y optimizar procesos industriales.
Estas aplicaciones, muchas de ellas comercialmente consolidadas, pueden conseguir ahorros importantes
No obstante, sus resultados dependen de la calidad de los datos, las condiciones de utilización y el consumo de los propios sistemas digitales.
2.3 Movilidad sostenible
La electrificación del transporte constituye otra transformación fundamental.
Las baterías de ion-litio están ampliamente implantadas, mientras que otras alternativas, como determinadas baterías de estado sólido, siguen desarrollándose.
La optimización de rutas y las plataformas de movilidad compartida pueden complementar estos avances, siempre que favorezcan una reducción efectiva del tráfico y no sustituyan desplazamientos más sostenibles.
2.4 Economía circular y nuevos materiales
La innovación facilita diseñar productos duraderos, identificar materiales reciclables y mejorar la trazabilidad de las cadenas de suministro.
Sin embargo, ninguna tecnología de reciclaje puede compensar indefinidamente un modelo basado en el adictivo fabricar-usar-tirar cantidades ingentes de productos.
2.5 Agricultura y protección de los ecosistemas
Los satélites, los sensores y la agricultura de precisión permiten optimizar el riego, identificar problemas en los cultivos y vigilar la degradación ambiental.
También pueden ayudar a detectar incendios, estudiar la biodiversidad y planificar actuaciones de restauración ecológica.
Su eficacia, sin embargo, requiere conocimientos locales, una gestión adecuada y acceso equitativo a estas herramientas.

3. Los impactos ambientales que no vemos
La transformación tecnológica tiene una dimensión material que frecuentemente permanece fuera de nuestra percepción.
Un ejemplo significativo es la inteligencia artificial, pues su funcionamiento requiere centros de datos que necesitan electricidad para alimentar servidores, almacenar información y mantener condiciones adecuadas de refrigeración.
Según el informe Energy and AI, publicado por la Agencia Internacional de la Energía (IEA) en 2025, los centros de datos consumieron aproximadamente 415 TWh de electricidad en todo el mundo durante 2024, alrededor del 1,5% de la demanda eléctrica mundial.
En su escenario central, la IEA proyectaba que ese consumo podría alcanzar los 945 TWh en 2030, aunque se trata de estimaciones y proyecciones relativas al conjunto de los centros de datos, no exclusivamente a la inteligencia artificial.
La huella hídrica merece igualmente atención, ya que determinados sistemas de refrigeración consumen agua, mientras que la generación eléctrica y la fabricación de equipos también pueden aumentar la demanda hídrica.
Sus consecuencias dependen de la tecnología utilizada y de las condiciones locales. En territorios sometidos a estrés hídrico, la ubicación de nuevas infraestructuras digitales exige especial precaución.
A estos impactos debemos añadir la extracción de minerales críticos, las emisiones derivadas de la fabricación de dispositivos y la generación de residuos electrónicos.
El Global E-waste Monitor 2024 señala que durante 2022 se generaron mundialmente 62 millones de toneladas de residuos electrónicos, de las cuales únicamente el 22,3% fueron documentadas como recogidas y recicladas formalmente.
Estas cifras refuerzan la idea fundamental de que una tecnología no puede considerarse sostenible únicamente porque reduzca emisiones durante su funcionamiento.
Es imprescindible evaluar sus impactos desde la extracción de materias primas hasta su tratamiento al finalizar su vida útil.
4. Las condiciones de una innovación verdaderamente sostenible
Afrontar estas contradicciones exige incorporar criterios sostenibles desde las primeras etapas de investigación y diseño.
La eficiencia energética y material debe acompañarse de energías renovables, una gestión responsable del agua y estrategias que prolonguen la vida útil de los productos.
El diseño sostenible, la reparación, la reutilización y el reciclaje permiten reducir la presión sobre los recursos, siendo indispensable la transparencia para conocer el consumo energético, las emisiones y los impactos ambientales asociados a cada solución.
El análisis del ciclo de vida (ACV) proporciona una herramienta esencial para realizar estas evaluaciones y evitar que la reducción de un impacto provoque otros problemas ambientales.
Pero la sostenibilidad también tiene una dimensión social, por lo que necesitamos una gobernanza que impulse la responsabilidad empresarial, establezca requisitos ambientales verificables y evite que los beneficios de la innovación queden concentrados en determinados territorios o sectores.
La UNESCO, en su Recomendación sobre la Ética de la Inteligencia Artificial, defiende precisamente la evaluación de los impactos ambientales y sociales durante todo el ciclo de vida de estos sistemas.

5. La tecnología como medio, no como finalidad
Las nuevas tecnologías pueden acelerar la transición hacia la sostenibilidad, pero no sustituirán las transformaciones estructurales que necesita nuestra sociedad.
Una movilidad verdaderamente sostenible, por ejemplo, no depende exclusivamente de fabricar vehículos eléctricos, sino que es indispensable mejorar el transporte público, reorganizar nuestras ciudades y reducir desplazamientos innecesarios.
De igual manera, una industria más ecoeficiente debe avanzar hacia modelos de producción y consumo que respeten los límites ambientales.
El verdadero éxito de la innovación debería medirse por su capacidad para generar beneficios ambientales y sociales demostrables, no simplemente por incrementar la productividad o incorporar nuevas funcionalidades.
El desafío consiste, en definitiva, en desarrollar las tecnologías que necesitamos, utilizarlas responsablemente y comprender que el futuro sostenible dependerá tanto de nuestra capacidad para innovar como de las decisiones que adoptemos sobre cómo vivir, producir y consumir.
