Durante más de una década, las smart cities o ciudades inteligentes se han presentado como una de las grandes promesas de la transformación urbana.

Sensores, plataformas de gestión, gemelos digitales, analítica en tiempo real, paneles de control, inteligencia artificial, internet de las cosas … El imaginario era poderoso y conducía hacia ciudades más eficientes, sostenibles, conectadas y capaces de responder mejor a las necesidades de la ciudadanía.
Sin embargo, tras años de inversión pública y privada, una pregunta incómoda sobrevuela: si se ha desplegado tanta tecnología, ¿por qué tantas ciudades siguen funcionando prácticamente igual?
La respuesta no está, en la mayoría de los casos, en una supuesta falta de innovación tecnológica. Hoy existen soluciones maduras para monitorizar tráfico, gestionar alumbrado, optimizar consumos energéticos, mejorar la recogida de residuos o anticipar incidencias urbanas.
El verdadero problema es más profundo: muchas estrategias de ciudad inteligente han confundido digitalización con transformación, visibilidad con capacidad de decisión y recopilación de datos con gobernanza efectiva.
El resultado ha sido, con frecuencia, una acumulación de proyectos piloto, plataformas inconexas y cuadros de mando sofisticados que muestran mucho, pero activan poco. Y ahí es donde el modelo tradicional de smart city empieza a hacer agua.
Por todo esto, creemos procedente una lectura crítica y constructiva sobre el estado actual del modelo de ciudades inteligentes que, lejos de desacreditarlo, sirva para replantearlo desde una perspectiva más realista, orientada a la sostenibilidad, la gobernanza urbana y la toma de decisiones basada en datos útiles.
1. La evolución del concepto de smart city
El concepto de smart city está intrínsicamente ligado a la digitalización de infraestructuras urbanas y a la incorporación de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) en la gestión municipal.
La idea era sencilla: si una ciudad podía medir mejor lo que ocurría en su territorio, podría gestionarlo de forma más eficiente
Este enfoque impulsó la instalación de sensores, redes de telecomunicaciones, sistemas de control y plataformas integradas en ámbitos como movilidad, energía, agua, seguridad o residuos. La ciudad inteligente se entendía, en gran medida, como una ciudad sensorizada.
Ese primer impulso tuvo valor. Permitió modernizar servicios urbanos, experimentar con nuevas capacidades operativas y abrir el debate sobre el papel de los datos urbanos en la gestión pública.
Pero también introdujo una visión excesivamente tecnológica, donde la innovación parecía depender más de la compra de soluciones que del rediseño de instituciones, procesos y responsabilidades. Se confundió el medio con el fin …
1.1 Del marketing urbano a la gestión compleja
Con el tiempo, el concepto smart city se convirtió también en una etiqueta de posicionamiento institucional, y es que ser una ciudad inteligente otorgaba visibilidad, atraía financiación, reforzaba discursos de modernización y permitía presentar una imagen innovadora ante ciudadanía, empresas e inversores.
En muchos casos, esto derivó en un fenómeno caracterizado por proyectos muy comunicados, pero poco integrados en la estructura real de gobierno de la ciudad. Se desplegaron pilotos interesantes, sí, pero aislados. Soluciones funcionales, pero sin escalabilidad. Tecnología visible, pero con impacto estructural limitado.
A medida que la agenda urbana ha madurado, ha quedado claro que una ciudad no se vuelve inteligente por acumular dispositivos conectados, sino por su capacidad para alinear tecnología, gobernanza, sostenibilidad y acción pública.
1.2 El giro hacia la sostenibilidad y la resiliencia
Hoy, el debate sobre ciudades inteligentes ya no puede desligarse de otros marcos estratégicos como son el de la transición ecológica, la neutralidad climática, la resiliencia urbana, la justicia social, la economía circular o la adaptación al cambio climático.
La smart city del presente ya no debería definirse solo por su nivel de digitalización, sino por su capacidad para usar las tecnologías habilitadoras digitales (THD) de forma útil, ética y eficiente al servicio de objetivos públicos concretos, como pueden ser reducir emisiones, mejorar la movilidad sostenible, optimizar el uso de recursos, anticipar riesgos o reforzar la inclusión urbana.
La cuestión ya no es cuánta tecnología tiene una ciudad, sino para qué la utiliza, cómo decide sobre ella y quién se responsabiliza de actuar con la información que produce.
2. Por qué tantos proyectos de smart city han tenido un impacto limitado
2.1 El error de pensar que el dato, por sí solo, transforma
Una de las grandes equivocaciones del modelo tradicional de ciudades inteligentes ha sido asumir que generar más datos conduce automáticamente a mejores decisiones. Pero el dato, por sí mismo, no transforma nada.
Muchas ciudades han invertido en recopilar información masiva sobre tráfico, calidad del aire, consumos energéticos, ocupación del espacio público o incidencias urbanas.
El problema es que rara vez se definió con claridad qué decisiones debían desencadenarse a partir de esos datos, en qué condiciones, bajo qué protocolo y por parte de qué unidad responsable.
En otras palabras: medir no es gobernar
Un panel de control puede mostrar en tiempo real una congestión puntual, una anomalía energética o una subida de contaminación. Pero si no existe una cadena de decisión clara (quién analiza, quién valida, quién responde y en cuánto tiempo) esa información se convierte en una visualización elegante sin consecuencia operativa.

2.2 Pilotos desconectados del funcionamiento real de la ciudad
Otro factor habitual de fracaso ha sido la lógica del piloto permanente.
Se prueban soluciones en distritos concretos, en áreas limitadas o con financiación extraordinaria, pero luego no se integran ni en los presupuestos ordinarios ni en los procedimientos administrativos.
Esto genera 3 problemas frecuentes. Primero, que la innovación se queda en una fase experimental sin continuidad. Segundo, que el conocimiento generado no se institucionaliza. Y tercero, que la tecnología acaba viéndose como algo accesorio, no como parte del núcleo de la gestión urbana.
La ciudad se llena así de pequeñas demostraciones de futuro que no llegan a convertirse en políticas públicas efectivas.
2.3 La interoperabilidad sigue sin resolverse
Uno de los mayores límites del modelo actual de smart city es la fragmentación tecnológica.
Cada proveedor ha tendido a desarrollar su propia plataforma, prescindiendo de estándares, con sus arquitecturas de datos y sus lógicas de integración. El resultado son silos.
Los sistemas de movilidad no siempre dialogan con los energéticos. Los de residuos no se conectan adecuadamente con los de mantenimiento urbano. Los datos de calidad ambiental pueden quedar fuera de los sistemas de planeamiento o salud pública. Y así sucesivamente.
En este sentido, parece que se han olvidado de iniciativas consolidadas como el CTN‑178 (Comité Técnico de Normalización 178 de Ciudades Inteligentes” de UNE) que promueve en España una serie de estándares (normas UNE) centrados en la interoperabilidad, gestión de datos y servicios públicos en ciudades, destinos turísticos y territorios inteligentes.
Así, cuando no existe interoperabilidad, la ciudad inteligente se convierte en una suma de subsistemas cerrados. Parece digital, pero opera de forma fragmentada. Y una ciudad fragmentada no puede gestionar bien problemas complejos, porque estos, por definición, atraviesan áreas, competencias y escalas.
2.4 Modelos de negocio mal resueltos
Muchas iniciativas de ciudades inteligentes nacieron sin responder preguntas fundamentales como son: ¿quién paga la infraestructura una vez termina la subvención inicial? ¿quién opera la plataforma? ¿quién mantiene los sistemas? ¿quién es propietario o custodio de los datos? ¿qué margen de maniobra tiene la administración frente al proveedor?
Cuando estas cuestiones no se abordan desde el principio, aparecen dependencias tecnológicas difíciles de revertir, quedando el municipio atado a soluciones cerradas, costes crecientes, contratos rígidos o arquitecturas que dificultan la evolución del sistema.
La innovación urbana no puede sostenerse sobre esquemas financieros o contractuales ambiguos, ya que una ciudad verdaderamente inteligente necesita también una estrategia clara de viabilidad, escalabilidad y soberanía tecnológica.

En nuestra próxima entrega sobre la verdad incómoda de la smart city trataremos sobre la gobernanza del dato y nuevos sistemas y modelos para la ciudad inteligente.
