Cada verano parece confirmar una sensación cada vez más extendida, y es que el calor ha pasado de ser una molestia pasajera a una realidad cotidiana.

Las noches tropicales dificultan el descanso, las viviendas mal aisladas acumulan temperatura durante días y las ciudades se convierten en superficies radiantes donde impera el asfalto, el hormigón y el tráfico rodado.
En ese contexto, el aire acondicionado aparece como una respuesta inmediata, casi inevitable, pues pulsar un botón y recuperar el confort térmico se ha convertido, para millones de personas, en una forma de protección.
El problema es que esa solución individual, necesaria en muchos casos, puede convertirse en un callejón sin salida si se adopta como estrategia principal de adaptación climática.
El cambio climático está intensificando la frecuencia, duración e intensidad de las olas de calor, y la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte de que el calor extremo es ya una amenaza urgente para la salud pública, especialmente en regiones urbanizadas y envejecidas.
1. El aire acondicionado no resuelve el problema
Conviene partir del hecho de que el aire acondicionado no es el enemigo.
En hospitales, residencias, escuelas, hogares con personas mayores, enfermos crónicos, bebés o trabajadores expuestos al calor, la climatización puede marcar la diferencia entre la seguridad y el riesgo grave.
Durante episodios extremos, disponer de espacios frescos reduce el estrés térmico, previene golpes de calor y protege a quienes no pueden regular adecuadamente su temperatura corporal.
Por eso, las políticas públicas no deberían demonizar el aire acondicionado, sino regularlo, hacerlo eficiente y garantizar que esté disponible allí donde sea imprescindible.
La OMS recomienda planes de acción frente al calor que combinen alertas tempranas, comunicación pública, protección de grupos vulnerables, preparación del sistema sanitario y el desarrollo de una red de refugios climáticos.
El aire acondicionado debe formar parte de la respuesta, pero no puede ser la opción predominante
El riesgo aparece cuando se convierte en la única herramienta de adaptación, ya que si cada vivienda, comercio y oficina responde al calentamiento global instalando más equipos, el resultado es más demanda eléctrica, más picos de consumo, más presión sobre las redes y, en muchos países, más emisiones.
La paradoja es evidente, pues enfriar interiores puede contribuir a calentar el sistema climático y el entorno urbano si no se acompaña de eficiencia, renovables, buen diseño sostenible y reducción de la demanda.
2. La factura energética de enfriar el Planeta
La Agencia Internacional de la Energía (IEA) lleva años alertando de que la climatización es uno de los grandes desafíos energéticos del siglo XXI.
El uso de elementos de climatización representa ya cerca del 20% de la electricidad consumida en edificios a escala mundial, y la demanda seguirá creciendo por la combinación de aumento de temperaturas, urbanización, crecimiento demográfico y mejora de rentas en países donde hasta ahora el acceso al frío era limitado.
La presión sobre las redes se observa con claridad durante las olas de calor. Según la IEA, en 2024 más de 40 países que representan alrededor del 70% de la demanda eléctrica mundial registraron nuevos máximos de potencia durante episodios de calor, mientras algunos sufrieron apagones o restricciones.
Este patrón plantea un reto técnico y político, y es que las redes eléctricas no se dimensionan sólo para consumir más energía a lo largo del año, sino para soportar los momentos de máxima demanda.
Si millones de equipos se encienden simultáneamente en las horas más calurosas, el sistema necesita más generación, más almacenamiento, más redes y más flexibilidad
La electrificación es clave para la transición energética, pero una electrificación mal gestionada puede desplazar el problema en lugar de resolverlo.

3. Calor expulsado, refrigerantes y efecto isla de calor
Realmente, el aire acondicionado no elimina sino que traslada el calor.
Extrae calor del interior de los edificios y lo expulsa al exterior, normalmente a calles, patios, cubiertas o fachadas, y, en barrios densos con poca vegetación y escasa ventilación, esta descarga térmica contribuye al calentamiento local, especialmente por la noche, cuando la ciudad debería liberar parte del calor acumulado durante el día.
El calor extraído por los sistemas de climatización puede empeorar el microclima urbano, provocando el efecto isla de calor, que aumenta las necesidades de refrigeración, creando un bucle de retroalimentación, es decir, cuanto más calor exterior, más aire acondicionado, y cuanto más aire acondicionado, más calor expulsado al entorno.
Estudios recientes en áreas urbanas densas han medido incrementos locales de temperatura asociados a unidades exteriores y torres de refrigeración, con impactos que dependen de la forma urbana, la altura de los edificios, la ventilación y el tipo de sistema instalado.
A ello se suma el problema de los refrigerantes, pues muchos equipos utilizan gases fluorados con un potencial de calentamiento global muy superior al CO₂ si se liberan a la atmósfera.
El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) advierte de que, con las políticas actuales, la capacidad instalada de equipos de refrigeración podría triplicarse de aquí a 2050, duplicando con creces el consumo eléctrico del sector y elevando sus emisiones hasta 6.100 millones de toneladas de CO₂ equivalente.
La buena noticia es que el propio PNUMA identifica una vía para reducir más del 60% de esas emisiones mediante refrigeración pasiva, estándares de eficiencia y eliminación progresiva de refrigerantes climáticamente dañinos.
4. La desigualdad térmica: no todos pueden enfriarse igual
El confort térmico también es una cuestión de justicia social, ya que las olas de calor no afectan por igual a todos los hogares.
Quienes viven en viviendas mal aisladas, pisos altos sin ventilación cruzada, barrios con poco arbolado o zonas densamente asfaltadas soportan temperaturas interiores más elevadas.
Si además tienen bajos ingresos, el coste de comprar, instalar y usar aire acondicionado puede ser inasumible.
La pobreza energética ya no puede entenderse solamente como incapacidad para calentar la vivienda en invierno, pues en un clima cada vez más cálido, también incluye la dificultad para mantener una temperatura segura en verano.
Una sociedad que deja la adaptación al calor en manos del mercado corre el riesgo de crear una brecha térmica, provocando que quienes pueden pagar se aíslan del calor, y quienes no, lo sufren.
De ahí que la adaptación climática debe incorporar ayudas a la rehabilitación, protección social, refugios climáticos, tarifas bien diseñadas y actuaciones prioritarias en barrios vulnerables.
5. Enfriar edificios y ciudades
La alternativa no es renunciar al aire acondicionado, sino reducir la necesidad de usarlo.
Antes de enfriar mecánicamente un edificio, conviene preguntarse por qué se sobrecalienta, y, normalmente, la respuesta suele estar en una combinación de mal aislamiento, orientación inadecuada, ventanas sin protección solar, ausencia de ventilación nocturna, cubiertas oscuras, materiales que acumulan calor y entornos urbanos sin sombra.
La arquitectura bioclimática ofrece soluciones conocidas: aislamiento térmico, protección solar exterior, ventilación cruzada, patios, persianas, toldos, cubiertas reflectantes, materiales de baja acumulación térmica y diseño adaptado al clima local.
En edificios existentes, la rehabilitación energética debe incorporar el confort de verano, no solamente el ahorro de calefacción en invierno.
A escala urbana, el IPCC subraya que la planificación integrada de infraestructuras físicas, sociales y ecológicas aumenta la capacidad de adaptación de las ciudades, y que las soluciones basadas en la naturaleza (arbolado urbano, corredores verdes, restauración de ríos, cubiertas verdes y superficies permeables) aportan beneficios climáticos, sanitarios y sociales.
Así, la integración de soluciones basadas en la naturaleza en la planificación urbana pueden aumentar la resiliencia climática y mejorar el bienestar urbano.

6. Conclusión: enfriar sin calentar el futuro
El aire acondicionado será cada vez más necesario en un mundo más cálido, y negarlo sería irresponsable, especialmente cuando hablamos de salud pública y protección de personas vulnerables.
Pero convertirlo en la columna vertebral de la adaptación climática sería una forma de mala adaptación, pues resuelve parcialmente el síntoma, aumenta la dependencia energética y puede agravar desigualdades y calor urbano.
La estrategia ecointeligente pasa por ordenar prioridades. Primero, reducir la exposición: ciudades con sombra, vegetación, agua, materiales adecuados y espacios públicos habitables. Segundo, mejorar los edificios: rehabilitación, aislamiento, ventilación, protección solar y diseño pasivo. Tercero, garantizar refugios climáticos y planes de salud frente al calor. Y, finalmente, utilizar aire acondicionado eficiente, con refrigerantes de bajo impacto y alimentado por electricidad renovable allí donde sea necesario.
Adaptarse al calor no puede consistir sólo en comprar más máquinas, sino que significa rediseñar la forma en que habitamos, construimos y planificamos nuestras ciudades.
Porque el verdadero reto no es enfriar una habitación durante una ola de calor, sino construir una sociedad capaz de vivir con seguridad, equidad y menos emisiones en un clima que ya ha cambiado.

Europa se está cociendo: ¿por qué no quiere aire acondicionado?
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