La economía mundial se está reorganizando alrededor de su electrificación. Los centros de datos que sostienen la inteligencia artificial, las fábricas automatizadas y la climatización comparten una característica con el vehículo eléctrico: su funcionamiento depende de un suministro eléctrico cada vez más importante.

Pero este cambio abre una pregunta incómoda. ¿Qué ocurre si sustituimos millones de motores y calderas de combustión mientras seguimos produciendo buena parte de la electricidad con carbón y gas?
Un informe reciente publicado por la Agencia Internacional de la Energía (IEA), permite examinar esa contradicción, mostrando sus conclusiones que existen tecnologías competitivas para acelerar la electrificación del transporte, los edificios y la industria, aunque aprovecharlas exige mucho más que sustituir equipos.
La oportunidad climática reside en transformar simultáneamente el consumo, la generación y las infraestructuras, pues electrificar la economía y descarbonizarla son procesos relacionados, pero no equivalentes.
1. La electricidad cambia de escala
El petróleo sigue dominando el transporte, pero crecen actividades electrificadas desde su concepción: comunicaciones digitales, robótica, fabricación avanzada y refrigeración. A ellas se añaden usos que antes dependían de combustibles fósiles.
Según la IEA, la electricidad representaba el 23% del consumo final de energía mundial en 2025 y su influencia económica es cada vez mayor ya que alimenta actividades de alto valor añadido y transforma la energía en servicios útiles con menos pérdidas.
Aquí aparece una ventaja decisiva, y es que un motor eléctrico evita gran parte del calor residual de uno de combustión, mientras que una bomba de calor aprovecha la energía térmica del entorno en lugar de obtener todo el calor quemando combustible.
La eficiencia energética permite prestar servicios similares utilizando menos energía final, aunque, no obstante, las emisiones evitadas deben evaluarse considerando también la electricidad necesaria para hacer funcionar estos equipos.
2. Tres sectores, distintas velocidades
El transporte por carretera ofrece una oportunidad inmediata. Los vehículos eléctricos y sus baterías son tecnologías comerciales, aunque su competitividad depende del precio de compra, los recorridos, las tarifas eléctricas y la disponibilidad de recarga.
Con las condiciones económicas y tecnológicas de 2025, la IEA estima que aproximadamente la mitad de la demanda de energía del transporte por carretera basada en petróleo podría electrificarse de forma competitiva. La electrificación resulta más compleja en determinados transportes pesados de larga distancia.
En los edificios, las bombas de calor permiten proporcionar calefacción, refrigeración y agua caliente con mayor eficiencia que muchas calderas convencionales. Su atractivo depende del aislamiento de los inmuebles, del clima y de la relación entre los precios de la electricidad y los combustibles. La inversión inicial sigue siendo un obstáculo, incluso cuando existen ahorros posteriores.
La industria presenta un panorama más heterogéneo. Los motores eléctricos están consolidados y las bombas de calor industriales pueden suministrar calor a procesos alimentarios, textiles o papeleros.
Según el análisis de la IEA, cerca del 40% del consumo energético fósil destinado al calor industrial de baja y media temperatura resultaría económicamente electrificable con las condiciones de 2025.
Otros procesos a temperaturas elevadas necesitan innovación o soluciones complementarias. En los casos difíciles de electrificar, la eficiencia de los procesos y los combustibles de bajas emisiones también pueden desempeñar un papel.
3. El potencial de 2035 no es un pronóstico
La IEA distingue entre potencial rentable e implantación probable.
Si se aprovechase íntegramente el potencial de electrificación competitivo identificado mediante costes, precios energéticos y condiciones financieras de 2025, la participación mundial de la electricidad podría alcanzar aproximadamente el 33% en 2035.
Este cálculo refleja una oportunidad económica desde la perspectiva de los usuarios, y no incorpora todas las inversiones necesarias para adaptar el conjunto del sistema eléctrico.
En el escenario de políticas declaradas, denominado STEP, la cuota eléctrica se situaría cerca del 30% en 2035. El escenario de alta electrificación (HES) explora, en cambio, una trayectoria hasta el 35% en ese año.
Alcanzarla exigiría financiación, infraestructura, renovación de equipos y mejoras de eficiencia y acceso. Ninguno de estos escenarios constituye una predicción garantizada ni implica que todos los países deban seguir el mismo itinerario.

4. La prueba decisiva está en el sistema eléctrico
Electrificar usos finales reduce las emisiones directas de vehículos, edificios y fábricas, pero traslada parte de la responsabilidad ambiental a las centrales eléctricas.
En 2025, las fuentes de bajas emisiones (renovables y nuclear) aportaron el 42% de la generación mundial, según la IEA. Pero el carbón y el gas siguen presentes y limitan los beneficios climáticos de la electrificación.
Además, el HES supondría añadir casi 1.400 teravatios hora anuales a la demanda mundial de electricidad hasta 2035.
Esta transformación exige redes capaces de conectar nuevos parques generadores, industrias y puntos de recarga
El almacenamiento traslada electricidad entre horas, la digitalización anticipa necesidades y la flexibilidad permite recargar vehículos cuando abunda la producción renovable.
También hacen falta planificación coordinada, redes resistentes y ciberseguridad.
5. Seguridad energética y competitividad
Al reducir la combustión directa de petróleo y gas, la electrificación puede disminuir la exposición a las importaciones y a la volatilidad de los mercados internacionales.
En el HES, la IEA calcula que las principales regiones importadoras podrían reducir conjuntamente sus facturas de combustibles en unos 400.000 millones de dólares anuales en 2035 respecto a 2025, bajo los precios de referencia utilizados en el informe. El resultado depende de los precios energéticos y de cómo se genere la electricidad.
La transición energética también abre oportunidades para fabricar baterías, equipos de red y sistemas de climatización, además de requerir profesionales especializados.
Sin embargo, comprar un vehículo eléctrico o instalar una bomba de calor implica desembolsos iniciales que muchos hogares y pequeñas empresas no pueden afrontar fácilmente.
La rentabilidad durante la vida útil no garantiza el acceso inicial: la financiación y las tarifas importan.
6. Una transición desigual que necesita nuevas capacidades
Las prioridades varían, pues las economías avanzadas necesitan renovar redes y equipos existentes, mientras que los países emergentes pueden electrificar nuevas actividades industriales desde el principio.
La electrificación modifica las dependencias estratégicas, disminuyendo la necesidad de importar determinados combustibles, y aumentando la importancia del cobre, los materiales para baterías y los equipos electrónicos.
La concentración geográfica de algunas cadenas de suministro plantea riesgos, mientras que los sistemas eléctricos digitalizados requieren nuevas medidas de ciberseguridad. Diversificación, reciclaje y formación técnica pueden mitigar esos riesgos.
También existe una brecha social difícil de ignorar. Según la IEA, unos 730 millones de personas seguían sin acceso a la electricidad en 2025, principalmente en África subsahariana.
Para esas comunidades, electrificar significa primero disponer de un servicio fiable y asequible que permita estudiar, conservar alimentos, bombear agua y desarrollar actividades productivas. Los sistemas solares descentralizados pueden ayudar si disponen de mantenimiento.

7. Conclusión: conectar las piezas
La electrificación puede mejorar la eficiencia, diversificar el suministro energético y facilitar importantes reducciones de emisiones.
Pero el alcance de estos resultados depende de cuándo, dónde y con qué electricidad se alimentan los nuevos usos.
La transformación no puede limitarse a multiplicar vehículos, bombas de calor o motores eléctricos: también implica reducir consumos innecesarios, transformar la generación y preparar redes y almacenamiento para una demanda diferente.
Electrificación y descarbonización han de avanzar conjuntamente, sin olvidar a quienes esperan su primera conexión.
