¿Puede ser la naturaleza el motor de la nueva economía?

Durante los últimos siglos, la economía avanzó bajo la peligrosa premisa de que la naturaleza era inagotable. Suelos, bosques, agua y combustibles fósiles podían extraerse y transformarse sin que sus límites condicionaran las decisiones empresariales o las políticas públicas.

La bioeconomía circular no consiste en sustituir todo lo fósil por cualquier material biológico ni en utilizar más biomasa sin límites, sino que su propuesta pasa por crear cadenas de valor basadas en recursos renovables, gestionados de forma regenerativa y aprovechados de manera circular

Coincidirás con nosotros que este supuesto ya no se sostiene.

El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la escasez de agua y la degradación del suelo no son crisis independientes, sino que forman una perturbación sistémica que ya afecta a los precios, las cadenas de suministro, la seguridad alimentaria, los seguros y la competitividad.

Frente a este escenario, planteamos un giro profundo que se basa en abandonar una economía que consume el capital natural y avanzar hacia otra capaz de crear valor mientras restaura los sistemas vivos.

1. La economía extractiva ha alcanzado sus límites

El modelo industrial moderno generó prosperidad, innovación y mejoras sociales indiscutibles, pero lo hizo apoyándose en recursos fósiles acumulados durante millones de años y tratando buena parte de los impactos ambientales como costes ajenos al mercado.

Esta lógica aceleró el crecimiento, aunque ocultó una factura creciente en forma de emisiones, contaminación, pérdida de fertilidad, deforestación, agotamiento de acuíferos y fragmentación de ecosistemas.

Durante décadas, estas consecuencias se describieron como externalidades, y en la práctica, regresan al balance en forma de cosechas perdidas, daños por inundaciones, interrupciones logísticas, primas aseguradoras más altas, menor productividad o conflictos por el agua.

Una empresa que depende de materias primas agrícolas, agua abundante o infraestructuras expuestas al calor también depende de la estabilidad de los servicios ecosistémicos. Cuando ésta se debilita, aumentan los costes y disminuye la capacidad de competir.

2. La naturaleza, una infraestructura económica invisible

Carreteras, puertos y redes eléctricas son reconocidos como infraestructuras porque permiten que la economía funcione. Sin embargo, la naturaleza es una infraestructura anterior y esencial.

Los bosques regulan el agua, almacenan carbono y moderan temperaturas. Los suelos fértiles retienen humedad y sostienen los alimentos. Los humedales amortiguan inundaciones y los polinizadores mantienen cultivos. La biodiversidad aporta estabilidad frente a sequías, enfermedades y cambios ambientales.

Estas funciones suelen quedar fuera de los balances porque no generan una factura

Como señala Marc Palahí (Chief Nature Officer de Lombard Odier Investment Managers y CEO de la Circular Bioeconomy Alliance), los árboles, las aves y las abejas no cobran por los servicios que prestan. Pero que no tengan precio de mercado no significa que carezcan de valor económico.

El capital natural muestra que la actividad productiva depende de activos ecológicos que pueden conservarse o degradarse.

Consumirlos sin reponerlos puede parecer rentable a corto plazo, aunque debilite la base material de la economía.

3. De la degradación ecológica al riesgo financiero

Los impactos ambientales se agravan cuando se refuerzan entre sí.

Así, la deforestación reduce la capacidad de absorber carbono y altera las lluvias. El calor y la sequedad aumentan el riesgo de incendios, que liberan más emisiones y degradan todavía más los suelos.

En Europa, las pérdidas asociadas a fenómenos climáticos extremos aumentan. Muchas no están aseguradas y recaen sobre hogares, empresas y administraciones, de modo que una parte creciente del riesgo climático termina socializándose.

El Mediterráneo concentra muchas de estas tensiones, a las que nos estamos habituando todos: sequías prolongadas, lluvias torrenciales, incendios, erosión, urbanización costera y presión turística convierten la resiliencia de los ecosistemas en una cuestión de estabilidad económica regional.

Un humedal restaurado puede reducir el impacto de una inundación, mejorar la calidad del agua y favorecer la biodiversidad. Su valor no reside en un único ingreso, sino en los daños que evita y en las actividades que hace posibles.

Los bosques aportan riqueza sostenible al territorio

4. Los sistemas alimentarios, en el centro

La alimentación muestra con especial claridad la conexión entre naturaleza y economía.

La agricultura depende del clima, el agua, la fertilidad del suelo y la biodiversidad, pero determinadas prácticas también pueden degradar esos mismos recursos.

Los sistemas alimentarios son víctimas y motores de la crisis ambiental, y su peso en las emisiones, la deforestación y la pérdida de biodiversidad los convierte en un espacio prioritario para la transición sostenible.

Y es fácil notar que el impacto ya llega al consumidor. Entre 2023 y 2024, el precio del aceite de oliva aumentó con fuerza en la Unión Europea tras las sequías que afectaron a España e Italia.

El encarecimiento del cacao o el café responde también al calor extremo, las alteraciones de las lluvias y la vulnerabilidad de los territorios productores.

El Banco Europeo de Inversiones (BEI) advierte de elevadas pérdidas anuales por fenómenos adversos en la agricultura europea, cubiertas solamente en parte por los seguros.

Sin cambios, el coste crecerá durante las próximas décadas.

5. Agricultura regenerativa: producir restaurando

La agricultura regenerativa propone trabajar con los procesos ecológicos en lugar de sustituirlos continuamente por insumos externos.

Incluye rotación de cultivos, cubiertas vegetales, reducción del laboreo, integración de árboles, recuperación de materia orgánica y un uso más preciso de fertilizantes y fitosanitarios.

Cada territorio requiere soluciones adaptadas, pero el objetivo es común: recuperar la salud del suelo, aumentar la biodiversidad funcional y mejorar la retención de agua.

Para una explotación, estos cambios reducen la dependencia de insumos y aumentan la resistencia a las sequías.

Para la sociedad, aportan almacenamiento de carbono, menos contaminación y mayor seguridad alimentaria.

En el Mediterráneo, mejorar el suelo puede ser tan estratégico como construir infraestructuras hidráulicas.

6. Qué significa realmente bioeconomía circular

La bioeconomía circular no consiste en sustituir todo lo fósil por cualquier material biológico ni en utilizar más biomasa sin límites, sino que su propuesta pasa por crear cadenas de valor basadas en recursos renovables, gestionados de forma regenerativa y aprovechados de manera circular.

La adictiva economía fósil utiliza reservas finitas extraídas del subsuelo, mientras que la bioeconomía circular se apoya en la energía solar que plantas, bosques, algas y otros organismos convierten en materia y energía bioquímica.

Esa capacidad de la bioeconomía circular puede dar lugar a alimentos, fibras, productos químicos, materiales de construcción o envases.

El cambio de paradigma aparece cuando esos recursos se obtienen respetando la capacidad de regeneración de los ecosistemas y se mantienen en uso durante el mayor tiempo posible.

Es la unión entre bioeconomía, economía circular y restauración de la naturaleza

Algunos ejemplos ayudan a visualizarlo:

  • Construcción con madera procedente de bosques gestionados responsablemente y diseño para desmontaje y reutilización.
  • Aprovechamiento de residuos agrícolas para fabricar materiales, biofertilizantes o productos químicos de base biológica.
  • Silvicultura que produzca madera y aumente la diversidad y la resistencia frente a incendios.
  • Innovación azul basada en algas, pesca de bajo impacto y actividades costeras compatibles con ecosistemas sanos.

La clave no es usar la naturaleza para compensar daños, sino incorporarla al modo en que se diseña y crea valor.

7. Capital, políticas públicas y empresas

La transición no se producirá sólo porque existan tecnologías, sino que va a requerir modificar incentivos, normas de inversión y criterios de éxito.

Las políticas públicas deben dejar de favorecer prácticas que deterioran el capital natural y orientar la fiscalidad, la contratación y las ayudas hacia resultados regenerativos.

También deben reducir el riesgo inicial de proyectos innovadores y establecer estándares que eviten el lavado verde.

El sector financiero necesita evaluar dependencias e impactos sobre la naturaleza con el mismo rigor aplicado a otros riesgos. Invertir en suelos, bosques, cuencas o cadenas de suministro resilientes no es filantropía, sino gestión estratégica del riesgo y creación de valor a largo plazo.

Las empresas han de mirar más allá de sus operaciones. Buena parte de su huella y exposición se encuentra en proveedores y materias primas. Integrar biodiversidad, agua y resiliencia en compras y diseño será tan importante como medir emisiones.

La cooperación entre agricultores, empresas, administraciones, ciencia, finanzas y comunidades será decisiva para dirigir el capital hacia donde pueda regenerar más valor.

8. Prosperar dentro de los límites de la vida

La bioeconomía circular no propone regresar al pasado ni frenar la innovación. Propone orientar la innovación hacia una pregunta diferente, que no es otra sino cómo satisfacer necesidades humanas fortaleciendo, en lugar de erosionar, los sistemas que hacen posible la vida.

El Mediterráneo puede convertirse en un laboratorio de esta transición, ya que su vulnerabilidad obliga a actuar, pero su diversidad agrícola, forestal, marina y cultural ofrece una base excepcional para desarrollar soluciones replicables.

Ninguna economía puede ser más resistente que los ecosistemas que la sostienen. La prosperidad futura dependerá de reconocer la naturaleza como infraestructura, invertir en ella como capital esencial y diseñar cadenas de valor capaces de regenerarla.

Pasar de la extracción a la regeneración no es un complemento de la sostenibilidad corporativa, sino que una estrategia de competitividad, seguridad y bienestar.

La transición hacia la sostenibilidad será realmente transformadora cuando la naturaleza deje de aparecer al final del proceso, como compensación, y pase a ocupar el centro de las decisiones económicas.

Ricardo Estévez

Mi verbo favorito es avanzar. Referente en usos innovadores de TIC + Marketing. Bulldozer sostenible y fundador de ecointeligencia

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