Economía resiliente: clave para la sostenibilidad en la era del cambio climático (2)

En las últimas décadas, la humanidad ha enfrentado múltiples crisis, como la climática, de biodiversidad, sanitaria, geopolítica y social, que han puesto en evidencia la fragilidad del modelo económico lineal basado en el crecimiento ilimitado.

La economía resiliente propone un sistema capaz de resistir, adaptarse y recuperarse frente a perturbaciones sin sacrificar el bienestar social ni la sostenibilidad ambiental

Ante este panorama, surge la economía resiliente como una nueva forma de entender el desarrollo, proponiendo un sistema capaz de resistir, adaptarse y recuperarse frente a perturbaciones sin sacrificar el bienestar social ni la sostenibilidad ambiental.

Este enfoque supone un cambio de paradigma comparable al de la economía circular, al priorizar la estabilidad y la equidad por encima del beneficio a corto plazo.

La creciente frecuencia de desastres climáticos, las disrupciones en las cadenas de suministro y las consecuencias económicas y sociales de la pandemia de COVID-19 refuerzan la urgencia de adoptar este modelo.

La economía resiliente combina sostenibilidad, diversificación y justicia social para garantizar prosperidad dentro de los límites del Planeta

Explorar sus fundamentos, ejemplos y desafíos permite comprender su potencial para construir un futuro más seguro, equitativo y sostenible, convirtiéndose en una propuesta pedagógica e inspiradora para la acción colectiva.

Para entender mejor cómo se aplica el concepto, vamos a repasar algunos casos prácticos a nivel global donde principios de resiliencia económica y sostenibilidad ambiental están guiando políticas y acciones.

1. Costa Rica: descarbonización y resiliencia climática

Un ejemplo destacado es Costa Rica, país que se ha posicionado como pionero en la transición hacia un modelo económico verde y resiliente.

En 2019, Costa Rica lanzó su Plan Nacional de Descarbonización 2018–2050 con el compromiso de convertirse en una economía moderna, libre de emisiones y resiliente al clima, garantizando a la vez equidad social en el proceso. Esta estrategia integró 2 pilares: mitigación (reducción de emisiones) y adaptación (aumento de la resiliencia) bajo el principio de reconstruir mejor tras la pandemia.

En otras palabras, el país centroamericano no solamente planea disminuir su huella de carbono, sino también fortalecer su capacidad para afrontar los impactos del cambio climático, todo ello promoviendo un modelo de desarrollo basado en el bienestar de las personas y la protección de los ecosistemas.

Los esfuerzos costarricenses no son meramente declarativos, ya que incluyen acciones concretas en sectores como transporte (electrificación del transporte público), energía (matriz eléctrica 100% renovable desde hace varios años), agricultura sostenible, gestión de residuos y conservación de bosques (hoy más del 50% del territorio de Costa Rica es bosque gracias a décadas de reforestación).

La ambición climática de Costa Rica también quedó plasmada en su Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC) mejorada, donde aumentó sus metas de reducción de emisiones y adaptación para alinearse con la limitación de 1,5° C de calentamiento.

Los resultados esperados muestran cómo la sostenibilidad aporta resiliencia económica: un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo estimó que implementar por completo el Plan de Descarbonización generaría 41.000 millones de dólares en beneficios netos para 2050, gracias a ahorros en costes de energía, menor gasto en salud por contaminación, mayor productividad y servicios ecosistémicos fortalecidos.

Es decir, la inversión en infraestructuras limpias, transporte eléctrico, eficiencia energética y conservación se ve recompensada con creces en el mediano y largo plazo.

Descarbonizar no es un coste, es una inversión que genera beneficios a corto, mediano y largo plazo, crea empleos y ayuda a la economía a crecer. Christiana Figueres

En suma, Costa Rica demuestra que una planificación nacional orientada a la neutralidad en carbono y resiliencia puede traducirse en oportunidades económicas (nuevos empleos verdes, turismo sostenible, agricultura inteligente), a la vez que protege a su población de futuras crisis climáticas.

Su ejemplo sirve de inspiración para otros países, grandes y pequeños, de que es posible crecer con bajas emisiones y alta resiliencia al mismo tiempo.

2. Amsterdam: economía circular con el modelo de la rosquilla

A nivel de ciudades, Ámsterdam (Países Bajos) se ha convertido en un laboratorio de economía resiliente al adoptar la llamada economía de la rosquilla como marco para sus políticas públicas.

En 2020, en plena pandemia, el gobierno municipal de Ámsterdam decidió orientar la recuperación post-COVID con una estrategia inspirada en el modelo de la economista Kate Raworth.

Así, Ámsterdam se ha convertido en la primera ciudad del mundo en adoptar oficialmente el concepto de la rosquilla como guía de su planificación urbana y económica.

¿En qué se traduce esto? Básicamente, la ciudad se comprometió a reorientar su economía para operar dentro de los límites planetarios mientras asegura el bienestar de sus habitantes.

Con ayuda de Raworth y del Doughnut Economics Action Lab, Ámsterdam elaboró un Retrato de Ciudad (City Portrait) que evalúa la situación de la ciudad respecto a múltiples indicadores sociales (pobreza, vivienda, empleo, salud, equidad) y ambientales (emisiones de CO₂, calidad del aire, uso de recursos, impacto global de su consumo).

Circular Amsterdam: A vision and action agenda for the city and metropolitan area

A partir de ese diagnóstico, lanzó su Estrategia de Economía Circular 2020-2025, que contiene acciones muy concretas, como promover la reutilización y reparación de bienes, apoyar plataformas de intercambio y segunda mano, rediseñar flujos de materiales en la construcción, reducir el desperdicio de alimentos, entre otras medidas.

Los objetivos cuantitativos marcan el rumbo, que no es otro sino reducir a la mitad el uso de materias primas vírgenes para 2030 y ser 100% circular en 2050. Esto significa que en 30 años Ámsterdam espera no necesitar extraer nuevos recursos de la naturaleza, sino mantener un ciclo continuo de reciclaje, reutilización y regeneración.

El modelo de la rosquilla le ha servido a Ámsterdam para integrar sus metas de sostenibilidad de forma coherente. Tradicionalmente lo ambiental y lo social se abordaban de forma separada, pero la rosquilla conecta ambos planos en una narrativa común.

Por ejemplo, detectaron que el elevado coste de la vivienda era un problema social, pero la solución no podía ser simplemente construir más casas si eso aumentaba las emisiones y el uso de materiales. En cambio, se ha optado por proyectos de vivienda asequible construida con criterios circulares y bajos en carbono.

Este enfoque holístico busca medir la prosperidad más allá del PIB, evaluando el éxito de la ciudad en términos de calidad de vida de las personas y reducción de su huella ecológica.

Ámsterdam ya está viendo beneficios de esta transición, creando la innovación en economía circular nuevas empresas y empleos locales, disminuyendo costes de gestión de residuos y posicionando a la ciudad como líder global en sostenibilidad urbana, lo que atrae inversión y talento.

Su apuesta ilustra cómo una metrópoli puede volverse más resiliente diversificando su economía (por ejemplo, menos dependencia de importación de materiales) y mitigando riesgos (como prepararse ante futuras crisis de suministros), a la vez que mejora la calidad de vida de sus ciudadanos.

3. Comunidades locales: el movimiento de Transición

No solo los gobiernos lideran la economía resiliente, sino que a nivel comunitario, también surgen iniciativas inspiradoras. El Movimiento de Transición (Transition Towns) es un claro ejemplo de cómo las comunidades locales pueden construir resiliencia desde abajo.

Las llamadas comunidades en transición son proyectos ciudadanos que buscan crear resiliencia local ante la triple amenaza del cambio climático, el pico del petróleo (escasez de combustibles fósiles) y la inestabilidad económica.

Iniciado en Totnes (Reino Unido) en 2006 por el ambientalista Rob Hopkins, pronto se expandió a cientos de pueblos y ciudades en todo el mundo (incluyendo España y Latinoamérica).

Así, Totnes es considerada la primera comunidad en transición y sus habitantes impulsan iniciativas de sostenibilidad local para reducir la dependencia de combustibles fósiles y fortalecer la resiliencia comunitaria.

Las iniciativas de transición se basan en la microsostenibilidad, es decir, acciones a pequeña escala, pero multiplicables, como huertos urbanos comunitarios, cooperativas de energía renovable, bancos de tiempo, talleres de reparación (para alargar la vida útil de los productos), monedas locales complementarias, entre otras.

El énfasis está en reconstruir la autosuficiencia y las redes de apoyo locales que se habían debilitado en la era de la globalización. Por ejemplo, cultivando alimentos localmente se reduce la huella de carbono del transporte y se asegura suministro incluso si fallan las importaciones; o instalando paneles solares comunitarios se garantiza energía en caso de fallos de la red general y se abaratan costes a los vecinos.

Son medidas que empoderan a la población y crean un tejido social más fuerte, ingrediente esencial de la resiliencia

El Movimiento de Transición también promueve un cambio cultural: de la competitividad a la colaboración, de la hiperdependencia tecnológica a retomar habilidades prácticas tradicionales (conservar alimentos, bioconstrucción, artesanías), y de la economía lineal del fabricar-usar-tirar a una economía circular local.

Si bien las comunidades en transición operan a pequeña escala, su impacto agregado es significativo y sirve de modelo para políticas públicas. Han demostrado que la acción comunitaria puede marcar la diferencia en resiliencia: ciudades como Bristol (Reino Unido) o Berkeley (EEUU) han integrado planes de resiliencia inspirados en ideas de Transition Towns.

En suma, estas comunidades nos recuerdan que la resiliencia empieza en casa y en el barrio, fortaleciendo la cohesión social y la autonomía local para estar mejor preparados ante cualquier crisis que venga.

El éxito de la Smart City viene por involucrar al ciudadano

En nuestra próxima entrega repasaremos casos en la empresa y los beneficios de la economía resiliente.

Ricardo Estévez

Mi verbo favorito es avanzar. Referente en usos innovadores de TIC + Marketing. Bulldozer sostenible y fundador de ecointeligencia

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