Más renovables, menos dependencia: la compleja transición energética de Europa

Europa está hoy mucho menos expuesta al gas ruso que antes de la invasión de Ucrania. Pero sería un error confundir diversificación con independencia, ya que la Unión Europea sigue importando una parte muy elevada de la energía que consume y, al sustituir gasoductos rusos por más gas natural licuado (GNL) y nuevos proveedores, ha trasladado parte de su vulnerabilidad hacia un mercado mundial sometido a precios internacionales, rutas marítimas y crisis geopolíticas.

El reto de la transición energética europea es conseguir que descarbonización, seguridad de suministro y autonomía estratégica avancen juntas

En 2024, la UE todavía importaba el 57% de la energía que necesitaba.

Y el estrecho de Ormuz lo demuestra. Una interrupción a miles de kilómetros puede tensionar el mercado del gas, dificultar el llenado de los almacenamientos y elevar costes en Europa.

Las perturbaciones de 2026 han vuelto a poner todo esto de manifiesto, y la respuesta de fondo no consiste en volver atrás, sino apostar por una transición energética con más renovables, pero también almacenamiento, redes, interconexiones, flexibilidad y tecnologías capaces de mantener estable el sistema eléctrico.

1. De Moscú a un mapa de proveedores más amplio

La invasión rusa de Ucrania obligó a Europa a desmontar en pocos años un modelo construido durante décadas.

En 2021, Rusia aportaba el 45% de las importaciones de gas de la UE; en 2025, esa cuota había caído al 12%

Este ajuste se apoyó en menores consumos, más compras a otros proveedores y un fuerte aumento del GNL, que es gas natural convertido en líquido para poder transportarlo en buques y devolverlo después a estado gaseoso en terminales de regasificación.

El GNL pasó del 20% al 45% de las importaciones europeas de gas entre 2021 y 2025

Fue un éxito de seguridad de suministro, pero no una conquista de autonomía. En 2024, el 57% de la energía disponible en la UE procedía todavía de importaciones. Y la nueva cesta también presenta concentraciones: Estados Unidos suministró el 58% del GNL importado por la UE en 2025.

Europa depende menos de un único proveedor dominante, pero sigue dependiendo del exterior, de infraestructuras internacionales y de la competencia con compradores de otros continentes.

2. Ormuz y el precio de seguir conectados al mercado global

El estrecho de Ormuz es uno de esos lugares donde geografía y energía se convierten en geopolítica.

Antes de las actuales disrupciones, aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de GNL atravesaba esta vía, principalmente desde Qatar, y las restricciones de 2026 han recortado drásticamente las exportaciones cataríes.

A finales de agosto de 2026, el tráfico seguía muy por debajo de los niveles previos al conflicto y los almacenamientos europeos se encontraban en mínimos históricos para esta época del año.

Un contrato a largo plazo puede mejorar la previsibilidad comercial, pero no crea una ruta alternativa cuando un corredor marítimo queda bloqueado ni aísla al mercado europeo del precio internacional.

La Agencia Internacional de la Energía (IEA) advierte de que una pérdida importante de los flujos de GNL por Ormuz provoca volatilidad y ajustes tanto en Europa como en Asia, incluso para países abastecidos mediante contratos a plazo.

Cuando faltan cargamentos globales, aumenta la competencia por el GNL disponible y suben los costes. Diversificar reduce el riesgo, pero no lo elimina.

3. Las energías renovables proporcionan más autonomía

Eólica y solar son esenciales para reducir emisiones, pero en Europa tienen además una dimensión estratégica, pues aprovechan recursos domésticos y sustituyen combustibles que deben comprarse fuera.

Cuanta más electricidad pueda producir el continente con fuentes bajas en carbono, menor será su exposición estructural a shocks del petróleo y el gas.

La Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) destaca precisamente que las renovables amortiguan la volatilidad de los combustibles importados.

Pero instalar más potencia no resuelve por sí solo el problema energético, ya que la producción solar cambia con las horas y la nubosidad, y la eólica, con el viento, y esa variabilidad exige un sistema más flexible.

En 2025, ACER (European Union Agency for the Cooperation of Energy Regulators) observó que el aumento de la solar reducía los precios diurnos, pero ampliaba las diferencias con las horas de menor producción renovable. Cuando cae el sol y la demanda sigue alta, las centrales de gas continúan aportando flexibilidad en muchos mercados europeos.

Durante la transición energética seguirá siendo necesaria cierta capacidad de respaldo despachable, capaz de aumentar producción cuando el sistema lo requiere.

El objetivo es que ese respaldo se utilice cada vez menos y compita con otras formas de flexibilidad (almacenamiento, gestión de la demanda e interconexiones), no convertirlo en una excusa para perpetuar el sistema fósil.

La propia evolución del mercado europeo muestra que el problema central ya no es únicamente añadir generación renovable, sino disponer de suficiente flexibilidad para integrarla.

4. La infraestructura invisible que forman almacenamiento y estabilidad

Generar electricidad renovable y disponer de ella cuando hace falta son 2 cosas distintas.

Las baterías permiten guardar excedentes y devolverlos rápidamente a la red, por lo que resultan especialmente útiles para desplazar energía entre horas y suavizar picos.

Para periodos más largos pueden entrar otras soluciones, como podría ser el hidrógeno renovable cuando interesa conservar energía durante días o periodos mayores, aunque no sea la opción adecuada para todas las necesidades.

La UE ya está aumentando rápidamente su capacidad de almacenamiento, principalmente mediante baterías

La estabilidad añade otra capa. Una red no solamente necesita energía suficiente: debe mantener frecuencia y tensión dentro de márgenes muy estrechos.

Tradicionalmente, grandes generadores síncronos (máquinas rotatorias conectadas directamente a la red) aportaban inercia de forma inherente, amortiguando cambios bruscos. A medida que crece la generación conectada mediante electrónica de potencia, esos servicios deben planificarse expresamente. Seguramente todo esto te suena del apagón que vivimos en España en 2025.

Eso no obliga a conservar centrales fósiles únicamente para aportar estabilidad, ya que esta resiliencia puede sostenerse mediante activos específicos de red y nuevas capacidades técnicas.

Compensadores síncronos e inversores con capacidad grid-forming, por ejemplo, pueden proporcionar funciones que antes venían asociadas a grandes máquinas rotatorias.

La transición energética no elimina la ingeniería del sistema, sino que la hace más importante.

5. Redes e interconexiones para una demanda creciente

Nada de lo anterior funciona sin redes. La electricidad renovable no siempre se genera donde se concentra el consumo, de modo que hay que transportarla, distribuirla y conectar nuevos productores, baterías, vehículos eléctricos e industrias.

La Comisión Europea reconoce que una parte considerable de las redes de distribución supera ya las cuatro décadas de antigüedad y que modernizar y ampliar el sistema exigirá inversiones de cientos de miles de millones de euros.

Las interconexiones entre países actúan como un colchón compartido. Cuando sobra electricidad en una región y falta en otra, una capacidad transfronteriza suficiente permite aprovechar mejor la generación y reforzar la seguridad de suministro.

Por eso la UE mantiene para 2030 un objetivo de interconexión equivalente al menos al 15% de la capacidad instalada de generación de cada país.

A la vez, la demanda eléctrica crecerá con la electrificación del transporte, la calefacción y determinados procesos industriales, y los centros de datos también añaden otro consumo emergente.

La IEA prevé que, tras años de crecimiento débil, la demanda eléctrica de la UE aumente de forma más sostenida hacia 2030.

Y aquí aparece un problema de plazos, pues construir nueva infraestructura de red suele requerir bastante más tiempo que levantar renovables, centros de datos o infraestructura de recarga.

6. El coste de transformar el sistema

La transición energética exige capital para generación, almacenamiento, redes, digitalización, equipos de control, interconexiones y adaptación de industrias y hogares.

Una mala planificación puede encarecerla: construir generación sin red suficiente para evacuarla crea congestiones y vertidos de electricidad; electrificar demanda sin reforzar la distribución genera cuellos de botella.

La IEA identifica ya las redes como uno de los grandes frenos al despliegue de nueva generación, almacenamiento y demanda eléctrica.

Pero el sistema fósil es todo menos barato. Europa sigue pagando una inmensa factura por combustibles importados y permanece expuesta a guerras, decisiones de productores, rutas marítimas y mercados internacionales.

AEMA calcula que la UE gastó cientos de miles de millones de euros en importaciones fósiles en 2025 y recuerda que esa factura es especialmente sensible a los impactos exteriores, sin olvidarnos que a ello se suman las emisiones, la contaminación y las consecuencias económicas y ambientales del cambio climático.

La comparación real, por tanto, no es entre una transición cara y un statu quo gratuito. Es entre 2 trayectorias con costes y riesgos muy diferentes: una obliga a invertir ahora en transformar infraestructuras. Y la otra prolonga la exposición a materias primas importadas cuyos precios y disponibilidad Europa no controla.

7. Autonomía estratégica significa transformar el sistema completo

Las dificultades actuales no demuestran que Europa se haya equivocado al apostar por las renovables.

Demuestran que sustituir combustibles importados por electricidad limpia exige transformar mucho más que el parque de generación.

Los megavatios solares y eólicos son la base, pero necesitan almacenamiento, demanda flexible, redes digitalizadas, interconexiones y servicios técnicos que mantengan estable el sistema.

Europa ha reducido una dependencia especialmente peligrosa respecto al gas ruso, pero Ormuz recuerda que todavía no ha escapado de la vulnerabilidad energética.

La autonomía estratégica no significa aislarse ni producir toda la energía dentro de las fronteras europeas, sino reducir dependencias críticas, diversificar las inevitables y disponer de alternativas cuando una falla.

Ese es el reto de la transición energética europea: conseguir que descarbonización, seguridad de suministro y autonomía estratégica avancen juntas. La transformación será larga, compleja y costosa.

Pero mantener una elevada dependencia de combustibles fósiles importados también tiene un precio económico, ambiental y geopolítico, y puede resultar mucho más caro.

El objetivo no es frenar la transición, sino dotarla de la infraestructura y la planificación necesarias para convertir generación renovable en un sistema energético robusto.

Ricardo Estévez

Mi verbo favorito es avanzar. Referente en usos innovadores de TIC + Marketing. Bulldozer sostenible y fundador de ecointeligencia

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