¿Está preparada la red eléctrica para un clima más extremo?

Las olas de calor han dejado de ser un episodio meteorológico incómodo para convertirse en una auténtica prueba de resistencia para el sistema eléctrico.

La red eléctrica se debe adaptar al clima extremo que altera el equilibrio del sistema eléctrico porque golpean a la vez todos sus pilares

Cuando las temperaturas se disparan, sube el uso de aire acondicionado, ventilación y refrigeración, y, al mismo tiempo, varias tecnologías de generación pierden rendimiento, los ríos se calientan o reducen su caudal y la red eléctrica trabaja con menos margen.

El resultado es un equilibrio más frágil entre oferta y demanda, justo en las horas en las que más importa mantener la seguridad del suministro.

Este problema ya no puede leerse como una anomalía puntual.

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) concluye que la frecuencia e intensidad de los extremos cálidos han aumentado desde 1950.

La Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) identifica la disrupción energética por calor y sequía como uno de los riesgos climáticos más urgentes para Europa, con el sur del continente como zona especialmente expuesta.

Y el informe europeo del clima de la Organización Meteorológica Mundial (WMO) y Copernicus recuerda que Europa sigue siendo el continente que más rápido se calienta, con al menos el 95% de su territorio por encima de la temperatura media en 2025.

1. Cuando el calor rompe el equilibrio del sistema eléctrico

El primer impacto de una ola de calor es directo y consiste en que aumenta la demanda eléctrica.

La climatización y la refrigeración no se reparte de manera uniforme a lo largo del día ni del año, sino que se concentra en unas pocas semanas y en determinadas horas, de modo que su peso sobre la punta de demanda es mucho mayor que sobre el consumo anual.

La Agencia Internacional de la Energía (IEA) estima que, aunque la refrigeración representa alrededor del 10% del consumo eléctrico anual, puede explicar en torno al 30% de la demanda punta.

Este dato ayuda a entender por qué unos cuantos grados más pueden cambiar por completo la operación del sistema

Además, el efecto del calor sobre la demanda se está intensificando. La IEA señala que en 2024 más de 40 países que representan cerca del 70% de la demanda eléctrica mundial registraron nuevos máximos de potencia durante episodios de calor, y subraya que la curva que relaciona temperatura y punta de demanda se está volviendo más empinada en varias regiones. En otras palabras: cada grado adicional pesa más que antes sobre la red.

En Europa, donde la penetración del aire acondicionado sigue siendo relativamente baja en comparación con otras regiones de clima cálido, el riesgo tiene además una dimensión estructural.

La IEA sitúa la propiedad de equipos de aire acondicionado en torno al 20% en Europa, mientras que Climate-ADAPT advierte de que el aumento de la demanda de refrigeración será especialmente relevante en el sur europeo y puede agravar los picos estivales.

Esto significa que el calor extremo no solamente encarece unas semanas concretas, sino que también anticipa un sistema con veranos cada vez más intensos en consumo eléctrico.

2. Menos oferta y menos capacidad de red en el peor momento

El segundo problema es que el calor eleva la demanda y también reduce la oferta disponible.

Las centrales térmicas y nucleares necesitan disipar calor, y muchas dependen de agua de río o mar para refrigerarse, y, cuando el agua llega demasiado caliente o el marco ambiental limita los vertidos térmicos, la producción debe reducirse.

La hidráulica tampoco es inmune. La sequía y la caída de caudales reducen la energía disponible y, a veces, la flexibilidad del sistema.

El World Energy Outlook 2025 recuerda que las sequías limitan la producción hidroeléctrica y también la de algunas centrales térmicas, mientras que el Estado del Clima en Europa 2025 señala que en torno al 70% de los ríos europeos registraron caudales inferiores a la media durante ese año.

En un sistema cada vez más electrificado, menos agua significa menos colchón operativo

En otras energías renovables, el impacto es más matizado. La fotovoltaica suele beneficiarse de cielos despejados durante las olas de calor, pero sus módulos pierden rendimiento cuando aumenta la temperatura de célula.

La red eléctrica también sufre físicamente. Las líneas se calientan por el paso de corriente y por la radiación solar, y, si el aire ambiente ya está muy caliente y además hay poco viento, se enfrían peor.

3. Calor extremo, gas y volatilidad en el mercado europeo

Este estrés técnico se traduce en precios más inestables porque el mercado eléctrico europeo funciona, en la mayor parte del mercado mayorista, con un sistema marginalista, que consiste en que las tecnologías ofertan según sus costes y el precio final lo fija la última central necesaria para cubrir la demanda.

En ese contexto, el gas sigue siendo decisivo, ya que en Europa la generación con gas fija con frecuencia el precio marginal, especialmente en horas de máxima demanda, y añade que, cuando baja la producción solar por la tarde, las centrales de gas se utilizan cada vez más para cubrir la demanda, elevando el precio mayorista.

Aquí entra en juego el estrecho de Ormuz. Según informes recientes, en 2024 y el primer trimestre de 2025 por ese paso circuló más de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y alrededor de una quinta parte del comercio global de Gas Natural licuado (GNL).

La IEA añade que no existen rutas alternativas para esas cantidades, y que, aunque la mayor parte de ese gas se dirige a Asia, Europa compite en el mismo mercado internacional del GNL. Por eso, cualquier amenaza sobre Ormuz se traduce rápidamente en una prima de riesgo para el gas y, por extensión, para la electricidad.

La vulnerabilidad aumenta si el sistema llega al verano con poco colchón gasista. Organismos internacionales acaban de advertir de que la UE necesitaría elevar sus importaciones de GNL aproximadamente un 13% sobre 2025 para alcanzar el objetivo del 90% de llenado antes del invierno, aunque el 80% sería alcanzable con niveles de importación similares a los del año anterior.

4. Qué pueden hacer empresas y grandes consumidores

La primera respuesta no debe ser financiera, sino física y operativa.

La manera más barata de gestionar el riesgo de calor sigue siendo reducir la energía necesaria para refrigerar, con soluciones como mejorar envolventes térmicas, protecciones solares, ventilación pasiva, automatización y equipos de climatización más eficientes.

La IEA viene insistiendo en que las políticas de eficiencia en refrigeración podrían recortar de forma muy significativa la electricidad destinada al frío y aliviar la presión sobre las horas punta.

Cada kilovatio evitado en la climatización vale doble cuando llega una ola de calor

La segunda palanca es combinar autoconsumo, almacenamiento y gestión horaria.

La Comisión Europea subraya que la normativa revisada de edificios impulsará la integración solar y ampliará las posibilidades de autoconsumo y de compartir energía.

Para muchas actividades, esta combinación encaja bien con la punta diurna de refrigeración, aunque conviene recordar que el riesgo de precio suele desplazarse hacia la tarde y la noche, cuando la solar cae.

La tercera herramienta es la flexibilidad de la demanda.

En sistemas con más renovables y variabilidad meteorológica, la flexibilidad del consumo será esencial para mantener la seguridad del sistema.

En la misma línea, la Comisión Europea está desarrollando un nuevo código de red de respuesta de demanda para reforzar la flexibilidad, la interoperabilidad y la integración de activos descentralizados.

Para la industria y el terciario, eso se traduce en desplazar cargas no críticas, modular consumos, preclimatizar espacios, optimizar bombeos o usar señales de precio y control digital para evitar las horas más tensas.

5. La resiliencia eléctrica ya es una política climática

El calor extremo está obligando a repensar la transición energética en términos de adaptación.

Ya no basta con instalar más capacidad limpia, sino que hay que preguntarse si esa capacidad será gestionable bajo temperaturas extremas, ríos más cálidos, sequías más largas y redes más exigidas.

La IEA advierte de que las redes de transporte y distribución estuvieron implicadas en alrededor del 85% de las incidencias recientes sobre infraestructuras energéticas críticas y subraya que las inversiones en red siguen creciendo mucho más despacio que las inversiones en generación.

Por eso, construir resiliencia energética implica varias cosas a la vez: diversificar tecnologías, reforzar interconexiones, ampliar almacenamiento, digitalizar la operación, adaptar estándares de diseño de líneas y subestaciones y convertir la respuesta de demanda en un recurso normal del sistema.

En definitiva, un sistema eléctrico preparado para el cambio climático no es el que aguanta heroicamente una ola de calor, sino el que la incorpora a su planificación ordinaria.

6. Conclusión

Las olas de calor alteran el equilibrio del sistema eléctrico porque golpean a la vez todos sus pilares: elevan la demanda eléctrica por refrigeración, reducen la disponibilidad o la eficiencia de parte de la generación, merman la capacidad de la red eléctrica y amplifican la volatilidad del mercado eléctrico cuando coinciden con tensiones en el gas o con riesgos geopolíticos como los del estrecho de Ormuz.

En un Planeta que se calienta rápidamente, este ya no es un problema excepcional, sino un desafío estructural para la seguridad energética global.

La buena noticia es que la respuesta es más eficiencia, más flexibilidad, más almacenamiento, más digitalización, más renovables bien integradas y mejor planificación.

La transición energética no será verdaderamente sólida si no se diseña para funcionar bajo un clima más hostil.

Adaptar el sistema eléctrico al calor extremo no es una tarea secundaria, sino una condición básica para que la descarbonización siga siendo fiable, asequible y socialmente útil.

Ricardo Estévez

Mi verbo favorito es avanzar. Referente en usos innovadores de TIC + Marketing. Bulldozer sostenible y fundador de ecointeligencia

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