La décima edición del Copernicus Ocean State Report (OSR 10) llega en 2026 proporcionándonos la posibilidad de comparar episodios recientes de los océanos con series de observación que abarcan décadas y distinguir mejor entre variabilidad natural, fenómenos extremos y transformaciones persistentes.

Los resultados dibujan un océano sometido a cambios simultáneos, donde aumenta la temperatura superficial y el calor acumulado en sus aguas, sube el nivel del mar, avanza la acidificación y se modifican los patrones de salinidad.
Al mismo tiempo, esas alteraciones empiezan a observarse en el funcionamiento de los ecosistemas, desde el fitoplancton hasta el hielo marino y los arrecifes de coral.
La cuestión ya no es únicamente saber cuánto está cambiando el océano, sino entender dónde, a qué ritmo y con qué consecuencias para poder anticipar riesgos y adaptar la gestión de costas, ecosistemas e infraestructuras.
1. El calor oceánico deja de ser solo una tendencia de fondo
Una de las señales más claras es el calentamiento.
La temperatura superficial del océano aumentó a un ritmo de 0,12° C por década entre 1982 y 2025, mientras que su contenido de calor (la cantidad de energía térmica almacenada en el agua) lleva acelerándose desde 1960 y alcanzó en 2025 el valor más alto registrado.
Este dato es especialmente relevante porque el océano absorbe aproximadamente el 90% del exceso de calor generado por las actividades humanas
Esa energía no queda confinada en una estadística climática, sino que influye en la frecuencia e intensidad de algunos extremos y modifica las condiciones físicas que sostienen los ecosistemas marinos.
En 2024, el Mediterráneo y el mar Negro ofrecieron uno de los ejemplos más visibles. Ambos registraron olas de calor marinas (periodos prolongados de temperaturas excepcionalmente altas) que batieron récords de intensidad y duración.
Algunos episodios superaron los 30 días y alcanzaron temperaturas de más de 4,6 °C por encima de la media en determinadas zonas.
El Mediterráneo acumuló además el mayor número de días con olas de calor marinas de las últimas dos décadas y su temperatura media en 2024 se situó 1,23 °C por encima de la referencia 1982-2024.
2. El Mediterráneo cambia en superficie, en profundidad y en sus ecosistemas
Para el público español seguro que la evolución del Mediterráneo resulta especialmente significativa.
Entre 1982 y 2024, su temperatura superficial mostró una tendencia de calentamiento de 0,32 ± 0,01° C por década, mientras que los días afectados por olas de calor marinas aumentaron desde 2011, especialmente durante los últimos años.
Las observaciones muestran además que los extremos térmicos no siempre se limitan a la superficie, pues al combinar temperatura superficial con contenido de calor hasta los 40 metros de profundidad, los científicos encontraron situaciones en las que el calentamiento superficial no coincidía con el subsuperficial y viceversa. En el mar Negro, las olas de calor de 2024 fueron más intensas que en años anteriores tanto en superficie como a 40 metros.
El calentamiento se produce además junto a cambios en la productividad del fitoplancton y a una mayor oligotrofización, es decir, una reducción de la disponibilidad de nutrientes que puede limitar el crecimiento de estos organismos microscópicos y alterar las redes alimentarias.
En el Mediterráneo oriental, una estratificación más intensa restringe el suministro de nutrientes a las aguas superficiales, mientras que en el occidental una mayor mezcla puede favorecerlo.
También el nivel del mar muestra una evolución significativa, y es que entre 1999 y 2025 aumentó 3,7 ± 0,8 milímetros por año y su ritmo se aceleró 0,16 ± 0,06 mm/año.
Sin embargo, el cambio no es uniforme: temperatura, salinidad, circulación, entrada o pérdida de masa de agua e incluso el movimiento vertical del terreno hacen que cada zona costera pueda experimentar una evolución distinta.

3. El océano cambia también en su química y en su organización ecológica
A escala global, el calentamiento se superpone con otras presiones.
Entre 1985 y 2025, el océano se volvió aproximadamente un 17% más ácido, produciéndose la acidificación cuando cambia la química del agua y aumenta su acidez, un proceso que puede afectar a organismos y ecosistemas sensibles.
La salinidad también está reorganizándose. Entre 2011 y 2024, varias regiones de alta salinidad (zonas del Atlántico Norte y Sur, el Pacífico tropical y el oeste de Australia) se hicieron más saladas, mientras que regiones más frescas del Pacífico Norte, el Índico oriental y algunas áreas asociadas a las desembocaduras del Congo y el Amazonas se hicieron aún más frescas.
Estas presiones no actúan por separado, pues aproximadamente el 25 % de los primeros 1.000 metros del océano está ya afectado simultáneamente por más de 2 factores de estrés relacionados con el cambio climático.
Una de las señales biológicas más interesantes aparece en el fitoplancton, base de gran parte de las redes tróficas marinas. Entre 1998 y 2024, alrededor del 5% del océano global experimentó cambios persistentes en sus patrones estacionales de crecimiento.
A partir de esos ciclos se pueden definir biorregiones marinas, grandes áreas con características biogeoquímicas y patrones de productividad semejantes.
Su desplazamiento o transformación indica que la organización ecológica del océano también está cambiando, lo que resulta relevante para evaluar la estabilidad de los ecosistemas y puede contribuir a una gestión pesquera adaptativa.
4. El Ártico pierde hielo y el mar de Barents muestra cambios inesperados
Las regiones polares concentran algunas de las transformaciones más rápidas.
En el área ártica analizada por el programa AMAP, la temperatura superficial aumentó alrededor de 1° C por década entre 1982 y 2024, equivalente a unos 4,2° C durante ese periodo.
La extensión mensual media del hielo marino descendió aproximadamente 490.000 km² por década entre 1979 y 2025, una superficie similar a la de España cada diez años.
Todos los grandes ecosistemas marinos árticos con hielo estacional analizados experimentaron retrocesos, y el mar de Barents registró la mayor pérdida: un 70% respecto al periodo de referencia 1993-2010.
Sin embargo, las transformaciones no siguen siempre una línea continua, ya que la Atlantificación del mar de Barents (la entrada progresiva de aguas atlánticas más cálidas y saladas) se interrumpió temporalmente entre 2016 y 2022.
Durante esos años aumentó la llegada de agua menos salina desde el Atlántico Norte y de hielo procedente del Ártico central, lo que redujo la salinidad y produjo las aguas de menor densidad observadas allí en 3 décadas.
En la Antártida, 2025 fue el 4º año consecutivo en el que el mínimo de hielo marino quedó por debajo de 2 millones de kilómetros cuadrados.
El mínimo récord de 2022 coincidió además con el primer fracaso reproductivo a gran escala registrado en pingüinos emperador, una muestra de cómo los cambios físicos pueden traducirse en respuestas biológicas.
5. Cuando el cambio oceánico se convierte en riesgo social y económico
Las consecuencias son especialmente visibles en los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo (SIDS), cuyas poblaciones, infraestructuras y economías mantienen una relación muy estrecha con el océano.
Desde 1960, todas sus zonas económicas exclusivas están expuestas al calentamiento oceánico y, desde 1999, el 65% de la superficie de esas zonas está directamente afectada por una aceleración de la subida del nivel del mar.
Cerca del 28% contiene arrecifes clasificados como vulnerables, en peligro o en peligro crítico
La dimensión económica es considerable, ya que los SIDS son los Estados con mayor dependencia económica de los arrecifes para el turismo y la pesca, y en algunos de ellos estos ecosistemas pueden representar más del 20% del PIB.
A la vez, alrededor del 56% registró entre 1960 y 2025 un rápido aumento, superior al promedio global, del potencial térmico asociado a los ciclones tropicales.
Los riesgos tampoco son exclusivamente tropicales. En febrero de 2024, la borrasca Louis generó olas de más de 8 metros y alteró las operaciones de los puertos españoles de Langosteira y Tarragona.
En el Báltico, otro episodio extremo provocó una caída récord del nivel del mar de 153 centímetros en la bahía de Botnia, obligando a suspender durante 18 horas los servicios de ferry.

6. De observar el océano a anticipar sus riesgos
La utilidad de estas observaciones aumenta cuando distintas fuentes se combinan. Satélites, boyas, sensores, mareógrafos, modelos y análisis permiten vigilar tanto la superficie como las capas más profundas y alimentar indicadores y sistemas de predicción.
Los datos casi en tiempo real pueden convertirse así en herramientas de alerta temprana, evaluación de riesgos o gestión de ecosistemas.
En el Báltico, por ejemplo, las predicciones sobre el episodio de nivel extremadamente bajo de 2024 mantuvieron una elevada precisión hasta 3 o 4 días antes del evento.
Esa capacidad de anticipación es la pieza que conecta conocimiento y acción, pues comprender mejor las olas de calor marinas puede ayudar a evaluar riesgos para la pesca y la acuicultura; conocer la evolución local del nivel del mar permite planificar las costas con mayor precisión; y estimar las condiciones extremas de viento, oleaje, corrientes y nivel del agua facilita diseñar infraestructuras capaces de resistirlas.
Después de una década de observación sistemática, la conclusión que emerge no depende de una sola cifra.
El océano está cambiando en múltiples dimensiones a la vez, y esos cambios alcanzan a ecosistemas, economías y comunidades.
Mantener observaciones continuas y convertirlas en conocimiento operativo será esencial para detectar antes los riesgos, adaptar las decisiones y gestionar con mayor precisión un medio marino cada vez más dinámico.
