El 22 de agosto de 2026, la temperatura media diaria de la superficie del océano entre 60°S y 60°N alcanzó los 21,1° C, el valor más alto registrado en el tramo de ERA5 que Copernicus Climate Change Service (C3S) utiliza para estos récords, desde 1979.

Superó el anterior máximo diario, de 21,09° C, establecido en marzo de 2024, y además, llegó en agosto, cuando estas temperaturas suelen culminar en marzo y abril.
Una centésima de grado puede parecer poco, pero su importancia no está en esa diferencia mínima, sino en el contexto: el récord se suma a años de temperaturas oceánicas excepcionalmente altas y aparece sobre un océano que lleva décadas acumulando energía.
El fenómeno de El Niño en desarrollo en 2026 añade calor, pero sobre una tendencia de fondo dominada por el calentamiento de origen humano.
Para comprender la magnitud y, sobre todo, la persistencia del cambio climático conviene mirar más allá de la temperatura del aire, y uno de sus indicadores más sólidos está bajo la superficie, y no es otro que la cantidad de calor almacenada en nuestros océanos.
1. Temperatura superficial y contenido de calor: dos medidas distintas
La temperatura de la superficie del mar describe lo que ocurre en la capa superior del océano.
En ERA5, Copernicus usa una estimación representativa de aguas situadas aproximadamente a 10 metros de profundidad y, para este récord, calcula el promedio entre 60°S y 60°N.
Es esencial para los intercambios con la atmósfera y los ecosistemas, pero responde con rapidez a la variabilidad natural. El Niño suele elevar temporalmente la temperatura media global, mientras que La Niña ejerce un efecto de enfriamiento relativo. Vientos, corrientes y mezcla vertical también redistribuyen calor entre regiones y profundidades.
El contenido de calor oceánico mide otra cosa: la energía térmica acumulada en un volumen de agua, integrando las variaciones de temperatura a distintas profundidades
Copernicus Marine Service mantiene, por ejemplo, indicadores hasta los 2.000 metros, pues esta medida es menos sensible a las oscilaciones superficiales de corto plazo y permite seguir mejor la tendencia energética del sistema climático.
Por eso un año puede ser algo menos cálido que el anterior en la atmósfera sin que el calentamiento global se haya detenido.
La variabilidad natural mueve temporalmente la temperatura superficial, por lo que el contenido de calor muestra si el sistema sigue ganando energía.

2. El océano, el gran almacén energético del Planeta
El mecanismo puede resumirse así:
Más gases de efecto invernadero → mayor desequilibrio energético de la Tierra → acumulación de energía → calentamiento oceánico → impactos climáticos y ecológicos.
Los gases de efecto invernadero (GEI) reducen la cantidad de radiación infrarroja que la Tierra pierde hacia el espacio.
Mientras entre más energía de la que sale, el sistema climático se calienta
Esa energía no se reparte por igual. En su evaluación para 1971–2018, el IPCC estimó que el calentamiento del océano absorbió alrededor del 91% del aumento energético del sistema climático, frente a aproximadamente un 5% almacenado en los continentes, un 3% destinado a la pérdida de hielo y cerca de un 1% en la atmósfera.
Esta capacidad térmica amortigua el calentamiento atmosférico, pero la energía no desaparece, sino que queda almacenada. Por eso el contenido de calor funciona como una contabilidad física del desequilibrio terrestre.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó que en 2025 el contenido de calor oceánico hasta 2.000 metros alcanzó el máximo de una serie que comienza en 1960.
Fue el 9º año consecutivo con récord. Además, el ritmo de calentamiento entre 2005 y 2025 fue más del doble que el observado entre 1960 y 2005.
Las estimaciones para 2005–2025 sitúan esa acumulación entre 11,0 y 12,2 zettajulios por año. Un zettajulio es una unidad enorme de energía que expresa que cada año, el océano está almacenando una cantidad adicional de energía extraordinariamente grande, y ese ritmo de acumulación se ha acelerado en las últimas décadas.
3. ¿Qué cambia cuando el océano acumula más calor?
Un océano más cálido modifica las condiciones en las que funcionan los ecosistemas.
Las olas de calor marinas (periodos prolongados con temperaturas anormalmente altas) se han hecho más frecuentes desde la década de 1980 y también han aumentado en intensidad y duración.
El IPCC las relaciona con blanqueamiento de corales, desplazamientos de especies y alteraciones persistentes de las comunidades marinas.
Cuando el estrés térmico supera los límites fisiológicos de los corales, estos pueden expulsar sus algas simbióticas, blanquearse y, si el calor persiste, morir. Bosques de kelp, praderas marinas, peces e invertebrados también pueden verse afectados, con consecuencias sobre la biodiversidad, las cadenas alimentarias, la pesca y la acuicultura.
El calentamiento refuerza además la estratificación en algunas regiones, es decir, las aguas superficiales más cálidas se mezclan con mayor dificultad con capas profundas. Esto puede alterar el transporte de nutrientes, oxígeno y carbono.
El IPCC señala que el calentamiento y los cambios de circulación pueden reducir la capacidad de absorción de carbono del océano en determinados contextos, aunque siga siendo un sumidero fundamental de CO₂ antropogénico.
4. Del nivel del mar a las lluvias intensas
El agua se expande al calentarse, y esa expansión térmica contribuye a la subida del nivel medio del mar. El IPCC estima que este fenómeno explicó aproximadamente la mitad del aumento observado entre 1971 y 2018, a lo que se suma el agua procedente del deshielo de glaciares y mantos de hielo.
Un océano cálido también puede transferir más calor y humedad a la atmósfera. Cuando la circulación atmosférica y otros ingredientes son adecuados, esto favorece precipitaciones más intensas y puede elevar la intensidad potencial de algunos sistemas de tormenta.
En los ciclones tropicales, la evidencia indica que el calentamiento favorece lluvias más intensas y puede contribuir a mayores intensidades cuando concurren las condiciones atmosféricas necesarias, aunque existe menor confianza sobre la evolución de su frecuencia total a escala global.
Esto no significa que un océano cálido cause por sí solo un huracán, una inundación o una tormenta concreta. Los eventos individuales dependen de múltiples factores y requieren estudios de atribución específicos.
El cambio climático puede modificar probabilidades e intensidades, por lo que atribuir un episodio determinado exige estimar cuánto cambió su probabilidad o severidad respecto a un clima sin esa influencia.

5. Conclusión: el indicador que muestra la tendencia de fondo
El récord de 21,1° C del 22 de agosto de 2026 merece atención, pero no debe interpretarse de forma aislada.
La temperatura superficial está siendo impulsada este año también por un El Niño en desarrollo y puede descender temporalmente cuando cambien las condiciones del Pacífico. Eso forma parte de la variabilidad natural.
El dato más revelador aparece bajo esa superficie. En 2025, pese a la influencia relativa de La Niña, el contenido de calor oceánico volvió a alcanzar un máximo histórico; además, alrededor del 90 % de la superficie oceánica experimentó al menos una ola de calor marina durante el año.
Ahí reside el valor del calor oceánico como indicador climático.
La temperatura del aire puede fluctuar de un año a otro, pero mientras la Tierra mantenga un desequilibrio energético positivo, el sistema seguirá acumulando energía y la mayor parte terminará en el océano.
Los récords de temperatura de los océanos no son episodios independientes, sino manifestaciones de una tendencia de largo plazo que permite observar hasta qué punto el sistema climático continúa calentándose.
