Lo que no se ve de las guerras: el legado tóxico de los conflictos

Cuando pensamos en una guerra, se nos viene a la mente víctimas humanas, edificios destruidos, desplazamientos forzosos y colapso económico. Pero existe otra dimensión menos visible y, a menudo, peor documentada, que se corresponde con la huella ecológica y de salud pública del conflicto.

Las guerras provocan una crisis ambiental que destruye infraestructuras y después provoca incendios, explosiones y liberación de tóxicos

Estudios recientes sobre el coste ambiental de la guerra en Irán describen este impacto como una onda expansiva que, primero destruye infraestructuras militares, petroleras e industriales, y después provoca incendios, explosiones y liberación de sustancias tóxicas.

La contaminación liberada se desplaza por el aire, el agua, los suelos y los ecosistemas, afectando a la salud humana y al medio ambiente mucho más allá del punto de impacto inicial.

Reconocidos organismos ambientales indican que los conflictos armados no son solamente crisis humanitarias, sino también crisis ambientales.

En este sentido, el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) ha desarrollado evaluaciones posconflicto para documentar contaminación, daños en suelos, agua y ecosistemas, y necesidades de recuperación.

1. El efecto cascada: de una explosión local a una contaminación sistémica

El daño ambiental de una guerra rara vez queda confinado al lugar del ataque, ya que funciona como un sistema en cascada.

Primero se produce el impacto cinético, en forma de explosiones sobre infraestructuras militares, depósitos de combustible, instalaciones petroleras, fábricas, puertos o redes energéticas. A partir de ahí, se liberan contaminantes al aire en forma de humo, hollín, partículas finas, gases corrosivos y compuestos orgánicos tóxicos.

Después llega la fase de dispersión. El viento transporta nubes contaminantes, la lluvia deposita partículas sobre ciudades y campos, los vertidos alcanzan ríos, acuíferos o zonas costeras, y los residuos militares se fragmentan y liberan metales, explosivos o combustibles.

Esta dinámica se representa en 4 niveles: epicentro cinético, colapso biofísico local, estrangulamiento regional y onda sísmica global.

Es decir, lo que empieza como destrucción material puede acabar afectando a la salud pública, los ecosistemas marinos, las infraestructuras de agua, los mercados energéticos y las emisiones de CO₂.

2. La lluvia negra: cuando el cielo devuelve la contaminación

Uno de los fenómenos más llamativos descritos es la llamada lluvia negra, que no es otra cosa que proceso físico y químico asociado a grandes incendios de hidrocarburos.

Cuando arden instalaciones petroleras, depósitos de combustible o refinerías, se forman columnas densas de humo cargadas de hollín, partículas finas, restos de hidrocarburos, compuestos azufrados y otras sustancias derivadas de la combustión incompleta.

Si las condiciones meteorológicas y geográficas dificultan la dispersión, estos contaminantes pueden quedar atrapados sobre zonas urbanas.

Actualmente, en el caso de Teherán (capital de Irán), hay que considerar el factor clave de la geografía. La proximidad de los montes Alborz y la densidad urbana pueden actuar como barreras que reducen la ventilación atmosférica, favoreciendo la acumulación de esmog. Cuando la humedad atmosférica se combina con el humo, parte de esos contaminantes puede precipitar sobre la ciudad en forma de lluvia negra o depósitos de hollín.

La existencia, extensión y composición exacta de un episodio de lluvia negra requiere mediciones independientes de calidad del aire, análisis químicos de precipitación y datos meteorológicos.

Pero este proceso es susceptible de darse cuando confluyen combustión masiva de hidrocarburos, inversión térmica, escasa ventilación y precipitación.

3. Salud humana: respirar la guerra

La contaminación atmosférica generada por incendios industriales o petroleros puede tener efectos inmediatos y crónicos.

En este sentido, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte de que el material particulado fino se asocia a enfermedades respiratorias, cardiovasculares y cáncer, y que contaminantes como dióxido de nitrógeno y dióxido de azufre presentan riesgos tanto por exposiciones agudas como prolongadas.

En un escenario de conflicto, la población puede quedar expuesta a una mezcla compleja de contaminantes:

3.1 Material particulado fino

Las partículas finas pueden penetrar profundamente en los pulmones e incluso alcanzar el torrente sanguíneo.

En personas vulnerables, como es caso de niños, mayores, embarazadas, pacientes respiratorios o cardiovasculares, el riesgo aumenta.

3.2 Dióxido de azufre y óxidos de nitrógeno

Estos gases irritan las vías respiratorias y pueden contribuir a la formación de lluvia ácida.

En episodios de alta concentración, pueden agravar asma, bronquitis y otras patologías.

3.3 COV e hidrocarburos aromáticos policíclicos

Los compuestos orgánicos volátiles (COV) y los hidrocarburos aromáticos policíclicos pueden generarse en combustiones incompletas de petróleo, plásticos, combustibles y materiales industriales.

Algunos están asociados a efectos neurológicos, irritación, daño celular y potencial carcinogénico, dependiendo de la sustancia, la dosis y el tiempo de exposición.

La clave sanitaria es que no hablamos de un único contaminante, sino de exposiciones combinadas en contextos donde el sistema sanitario puede estar debilitado y la población tiene menor capacidad de protegerse.

4. Suelos y acuíferos: la contaminación que no se ve

La guerra deja también un frente invisible bajo tierra, en forma de restos de explosivos, combustibles, propulsores, metales pesados y sustancias persistentes pueden infiltrarse lentamente en el suelo y alcanzar acuíferos.

Informes recientes citan explosivos como TNT, RDX y HMX, además de propulsores de misiles como UDMH e IRFNA, metales y PFAS.

En términos ambientales, estos compuestos plantean problemas distintos: algunos son tóxicos, otros persistentes, otros móviles en el agua subterránea, y algunos pueden incorporarse a cultivos o animales.

La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) ha señalado que el RDX representa una parte importante de la contaminación por explosivos en instalaciones militares activas o abandonadas, y que puede estar asociado a contaminación de suelos y aguas subterráneas.

La preocupación por los PFAS es diferente, pero igualmente relevante, pues son compuestos muy persistentes y la evidencia científica sugiere que la exposición a algunos de ellos puede causar efectos adversos para la salud.

El riesgo no termina en el suelo. Si los contaminantes alcanzan acuíferos usados para riego o consumo, pueden entrar en la cadena alimentaria.

Si se incorporan a cultivos, ganado o fauna silvestre, el daño ambiental se transforma en problema sanitario y económico.

Los daños medioambientales de la extracción del petróleo

5. El Golfo Pérsico: ecosistemas vulnerables y comunidades expuestas

El Golfo Pérsico es un entorno especialmente sensible, ya que sus aguas semicerradas, la presión industrial, el tráfico marítimo, la explotación petrolera y las altas temperaturas ya someten a sus ecosistemas a estrés.

En un contexto bélico, los vertidos, residuos militares, combustibles, metales pesados y restos de explosiones pueden agravar esa vulnerabilidad.

Hay documentados riesgos para arrecifes, pastos marinos, tortugas verdes, dugongos y comunidades pesqueras.

Estos ecosistemas no son elementos decorativos, ya que las praderas marinas capturan carbono, sirven de refugio a especies juveniles y sostienen redes tróficas; los arrecifes protegen costas y albergan biodiversidad; las pesquerías sostienen economías locales y la seguridad alimentaria.

Cuando un ecosistema marino se contamina, el daño no queda en el agua, sino que puede afectar a la salud pública, nutrición, empleo e ingresos familiares.

6. Agua: cuando la crisis ambiental se vuelve humanitaria

El agua es una de las infraestructuras críticas más frágiles en la región.

Buena parte de la población del Golfo depende de plantas desalinizadoras, altamente sensibles a la calidad del agua de entrada y al suministro eléctrico.

Aproximadamente 450 plantas desalinizadoras regionales y unos 100 millones de personas dependientes de este tipo de infraestructura

También se identifican 2 vectores de riesgo: contaminación del agua de entrada por petróleo o químicos, y cortes de energía que paralicen bombas y procesos de purificación.

Esta es una de las claves sistémicas del conflicto, ya que un derrame o un apagón no solamente daña el medio ambiente, sino que puede interrumpir el acceso al agua potable.

En regiones áridas, esa interrupción puede transformar una crisis ecológica en una emergencia humanitaria.

7. Riesgo nuclear: prudencia, verificación e incertidumbre

El riesgo nuclear exige una comunicación especialmente cuidadosa, ya que no es lo mismo un accidente confirmado, un daño estructural, una pérdida de capacidad de supervisión o un escenario de incertidumbre.

El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) informó en junio de 2025 de que las autoridades iraníes habían confirmado impacto en Natanz y que no se habían detectado niveles elevados de radiación en ese momento. Posteriormente, el propio organismo comunicó daños en edificios del sitio de Esfahan y señaló que no tenía constancia de daños en Fordow en ese informe concreto.

Por tanto, lo responsable no es afirmar una catástrofe radiológica sin evidencia, sino subrayar el riesgo institucional que suponen instalaciones dañadas, sin mantenimiento adecuado, sin inspecciones suficientes o con verificación limitada pueden aumentar la incertidumbre.

En materia nuclear, la transparencia no es un lujo diplomático, sino una condición de seguridad ambiental y sanitaria.

8. Ondas de choque globales: guerra, clima y transición energética

La guerra también altera el metabolismo energético global.

Un conflicto en una región estratégica puede afectar precios, rutas, producción, refino, seguros marítimos y decisiones de inversión.

Cuando aumenta la inseguridad energética, algunos países pueden volver temporalmente a combustibles más contaminantes, retrasar políticas climáticas o priorizar gasto militar frente a inversión en transición energética.

Esta dimensión es como una onda sísmica global que supone cierre de infraestructuras, aumento de emisiones ligadas a las actividades militares, retorno a combustibles más sucios, impactos en los mercados energéticos y una aceleración del daño climático.

Aquí también conviene distinguir entre hechos y escenarios. El aumento de emisiones asociado a operaciones militares, incendios y reconstrucción es un hecho observado en muchos conflictos.

La magnitud exacta del impacto climático de una guerra concreta requiere inventarios rigurosos, datos de actividad militar, estimaciones de incendios, consumo energético y reconstrucción.

9. Gobernanza ambiental: medir el daño cuando nadie quiere mirar

Uno de los mayores problemas ambientales de la guerra es la falta de datos. En contextos bélicos, las estaciones de medición dejan de funcionar, las instituciones se debilitan, los ministerios ambientales pierden presupuesto, la sociedad civil trabaja bajo riesgo y los Estados pueden ocultar información.

Por eso son esenciales la monitorización independiente, las imágenes satelitales, la ciencia abierta, la documentación de fuentes abiertas (OSINT) y la cooperación internacional.

Documentar no es un ejercicio académico, sino la base para proteger a la población, diseñar reparaciones, descontaminar suelos, restaurar ecosistemas y establecer responsabilidades.

10. Conclusión: reparar la paz también significa reparar el territorio

La reconstrucción no puede limitarse a carreteras, edificios y redes eléctricas.

Una paz incompleta es aquella que deja acuíferos contaminados, suelos agrícolas degradados, costas dañadas y poblaciones expuestas a tóxicos.

La reparación ambiental debe formar parte de cualquier agenda de paz, lo que implica evaluar daños, publicar datos, priorizar zonas contaminadas, proteger el agua, restaurar ecosistemas, vigilar la salud pública y dotar de recursos a las instituciones ambientales.

La salud humana y la salud de los ecosistemas son inseparables. Respirar aire contaminado, beber agua insegura o consumir alimentos expuestos a contaminantes no son daños colaterales menores, sino formas prolongadas de violencia ambiental.

La transición hacia la sostenibilidad necesita energías limpias, eficiencia y justicia climática.

Pero también necesita paz, transparencia y gobernanza ambiental.

Sin ellas, cada conflicto reabre la puerta a más emisiones, más contaminación y más vulnerabilidad.

Ricardo Estévez

Mi verbo favorito es avanzar. Referente en usos innovadores de TIC + Marketing. Bulldozer sostenible y fundador de ecointeligencia

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