El Piroceno es la nueva Edad del Fuego que está cambiando nuestros paisajes

El Piroceno es una forma de describir una posible Edad del Fuego, es decir, una etapa en la que la combustión industrial y los grandes incendios forestales han adquirido capacidad para transformar paisajes, alterar procesos atmosféricos y modificar la relación entre sociedad, territorio y clima.

El Piroceno se enfoca en distinguir entre el fuego ecológicamente necesario, el fuego destructivo y la combustión industrial que altera el clima

El concepto planteado por Stephen J. Pyne, exbombero e historiador ambiental estadounidense, no significa que todo el Planeta esté ardiendo ni que necesariamente aumente la superficie total quemada.

Su utilidad está en permitir entender que hemos cambiado profundamente el papel del fuego, concentrando una enorme cantidad de combustión en motores, industrias y sistemas energéticos, mientras reducíamos ciertos fuegos naturales o controlados y acumulábamos combustible vegetal en territorios cada vez menos gestionados.

En ese sentido, el Piroceno resume una contradicción, y es que convivimos con demasiado fuego destructivo, poco fuego ecológicamente útil y una gran combustión de carbón, petróleo y gas que contribuye al calentamiento climático.

1. Una Edad del Fuego creada por varias combustiones

El fuego no es, por sí mismo, un enemigo, ya que en determinados paisajes forma parte de los procesos ecológicos y también puede ser una herramienta de gestión.

El problema aparece cuando se rompe el equilibrio entre distintos tipos de fuego y las condiciones del territorio favorecen episodios difíciles de controlar.

La sociedad moderna ha desplazado buena parte de su combustión fuera del paisaje visible. Quemamos combustibles fósiles en vehículos, industrias y sistemas energéticos.

A la vez, en muchos espacios rurales hay menos usos agrarios, pastoreo, aprovechamiento de leña y mantenimiento, y el resultado puede ser más vegetación acumulada y una mayor continuidad del combustible.

El Piroceno conecta dinámicas:

  1. La combustión fósil contribuye al calentamiento
  2. Éste favorece periodos secos y vegetación con menos humedad
  3. Los paisajes cargados de combustible facilitan incendios intensos

2. Cuando un incendio crea su propia dinámica atmosférica

Los incendios extremos pueden comportarse de una forma muy distinta a la imagen clásica de un frente de fuego que avanza sobre el terreno.

Cuando la energía liberada es enorme, el propio incendio puede generar dinámicas atmosféricas que favorecen su expansión.

El calor impulsa columnas de aire ascendente y puede formar pirocúmulos, nubes convectivas asociadas al incendio, y en los episodios más violentos aparecen turbulencias, fuertes corrientes de aire, vientos descendentes que avivan las llamas y rayos capaces de originar nuevos focos.

A ello se suma la dispersión de brasas, que puede encender puntos alejados del frente principal, y el ascenso del humo hasta capas altas de la atmósfera, desde donde puede desplazarse a grandes distancias. Así, el incendio deja de ser únicamente un fenómeno local.

Esa capacidad ayuda a entender por qué algunos fuegos pueden superar los medios de extinción. No basta con disponer de brigadas o aviones si coinciden una gran cantidad de combustible y condiciones meteorológicas extremas.

3. La paradoja de apagar todos los incendios

La extinción es imprescindible para proteger a las personas, las viviendas y las infraestructuras. Sin embargo, una política basada durante mucho tiempo en eliminar prácticamente cualquier fuego puede producir un efecto no deseado.

Es la llamada paradoja de la extinción. Si los incendios se apagan eficazmente durante años, la vegetación seca, el matorral, las ramas y la madera muerta pueden seguir acumulándose. El paisaje se vuelve más continuo y dispone de una mayor carga de combustible.

Cuando llegan una sequía, una ola de calor o vientos fuertes, el fuego puede regresar en condiciones mucho más desfavorables. El problema, por tanto, no es simplemente que haya fuego, sino cuánto combustible encuentra, dónde se encuentra y en qué condiciones arde.

Esta paradoja no convierte la extinción en algo innecesario, sino que señala sus límites: resolver cada emergencia no sustituye la gestión continuada del territorio.

4. Abandono rural: de los mosaicos a paisajes más continuos

Muchos paisajes rurales estaban organizados como un mosaico de cultivos, pastos, ganado, huertos, caminos, zonas de leña y pequeñas quemas, y esa diversidad creaba discontinuidades que podían dificultar la propagación del fuego.

Cuando disminuyen la agricultura y la ganadería, la vegetación espontánea ocupa antiguos espacios abiertos, se cierran caminos, se reducen las labores de mantenimiento y se acumula combustible. A medida que bosques y matorrales quedan más conectados, el incendio encuentra menos interrupciones para avanzar.

También se reduce la presencia humana capaz de detectar y gestionar pequeños focos. El territorio deja de ser un mosaico manejado y puede convertirse en una superficie más homogénea e inflamable.

5. Daños que van más allá de la superficie quemada

Las consecuencias del Piroceno no terminan con las llamas, ya que los grandes incendios pueden dañar viviendas, infraestructuras, explotaciones agrícolas y ganaderas, bosques, espacios naturales, actividades económicas y la salud.

El humo contiene partículas y gases que perjudican la calidad del aire, la visibilidad y la respiración. Cuando asciende a gran altura, puede desplazarse lejos de la zona quemada.

Los ecosistemas también pueden transformarse, pues incendios demasiado frecuentes o intensos dificultan la recuperación de determinadas especies y pueden modificar la vegetación, la fauna, los suelos y la disponibilidad de agua.

Tras el fuego puede aumentar la erosión y perderse suelo fértil, y el nuevo paisaje puede quedar más seco, abierto y propenso a volver a arder.

Todo ello forma una retroalimentación:

combustión fósil → calentamiento → paisajes más secos → incendios más intensos → emisiones y degradación del territorio.

El Piroceno permite ver estas piezas como partes de un mismo sistema.

6. ¿Qué significa el Piroceno para España?

En España esta mirada resulta especialmente útil porque coinciden varios factores: abandono de tierras rurales, desaparición de actividades agrícolas y ganaderas, acumulación de vegetación, transformación del paisaje, sequías, calor y extensas zonas forestales continuas.

Durante décadas, muchas áreas rurales se mantuvieron mediante cultivos, pastoreo, leña, caminos y quemas controladas, y al desaparecer parte de esas actividades, también se pierde una gestión que reducía la continuidad del combustible.

Por eso, la prevención no puede limitarse a limpiar algunos márgenes ni a reforzar los medios de extinción. La cuestión es cómo se gestiona el monte, qué actividades rurales pueden recuperarse, cómo mantener espacios abiertos, dónde tiene sentido favorecer el pastoreo y qué usos ayudan a construir paisajes menos vulnerables.

Un gran incendio puede empezar mucho antes de la primera llama: con años de abandono, acumulación de vegetación y pérdida de discontinuidades. Después, unas horas de calor, sequedad y viento pueden convertir ese proceso acumulado en una emergencia.

7. ¿Qué se puede hacer frente al Piroceno?

Responder al Piroceno exige actuar sobre varias formas de fuego al mismo tiempo.

Hay que reducir el fuego destructivo que amenaza a personas, poblaciones y medios de vida; recuperar, cuando sea adecuado, el fuego controlado o prescrito como herramienta de gestión; y reducir progresivamente la dependencia de los combustibles fósiles.

La gestión activa de la vegetación y la recuperación de determinadas actividades rurales pueden mantener un paisaje más diverso y menos continuo.

La idea es reconocer que el abandono completo del territorio también tiene consecuencias.

Reducir el uso de combustibles fósiles actúa sobre el otro extremo del problema: el calentamiento que favorece condiciones más secas y extremas.

8. Aprender a convivir mejor con el fuego

La respuesta al Piroceno no consiste en construir un mundo sin fuego, ya que en algunos ecosistemas sería imposible y, además, perjudicial.

El cambio de enfoque pasa por distinguir entre el fuego ecológicamente necesario y manejable, el fuego destructivo e incontrolable y la combustión industrial que contribuye a alterar el clima.

Eso obliga a superar una estrategia basada únicamente en apagar incendios cuando ya han empezado. La extinción seguirá siendo imprescindible, pero necesita ir acompañada de prevención, gestión territorial, reducción del combustible acumulado, recuperación de actividades rurales y uso prudente del fuego útil allí donde corresponda.

Entender el Piroceno significa reconocer que el problema no es el fuego en abstracto, sino la relación que hemos construido con él.

Recuperar un equilibrio exige menos combustión fósil, menos paisajes abandonados y más capacidad para decidir qué fuego debemos evitar, cuál podemos manejar y cuál forma parte del funcionamiento del territorio.

Ricardo Estévez

Mi verbo favorito es avanzar. Referente en usos innovadores de TIC + Marketing. Bulldozer sostenible y fundador de ecointeligencia

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