Éste es el verano más fresco de los que te quedan por vivir

Son las cuatro de la tarde de un día de agosto en el Hemisferio Norte. Las persianas están bajadas, el ventilador y el aire acondicionado llevan horas encendido y consultar la previsión meteorológica se ha convertido en un pequeño ritual defensivo con la esperanza de que nos informen sobre una bajada de las temperaturas.

Es fácil constatar en verano la crisis climática que nos asola, pero ¿por qué nos comportamos como si este calor fuera solamente un mal verano?

En la calle, en el trabajo o en el ascensor se repite una conversación recurrente sobre a ver si pasa ya esta ola de calor, esperando que, una vez superados estos días, pudiéramos regresar al lugar conocido al que llamamos normalidad.

Pero ¿y si esa normalidad ya no estuviera donde creemos?

En España, junio de 2026 fue el segundo más cálido de la serie iniciada en 1961, con una temperatura media peninsular 3,2° C superior al promedio 1991-2020. Julio, con 25,7 °C de media y una anomalía de 2,6° C, empató con julio de 2022 como el mes más cálido registrado en la serie española. Y el conjunto de junio y julio fue el más cálido jamás observado en Europa occidental según Copernicus.

Quizá este sea, en efecto, el verano más fresco de los que nos quedan por vivir.

No es una predicción meteorológica, pero lo que la ciencia muestra es que, mientras continúe aumentando la concentración de gases de efecto invernadero (GEI), el punto de partida sobre el que actúa esa variabilidad seguirá desplazándose hacia temperaturas más altas.

1. La normalidad a la que esperamos volver ya está cambiando

Decir que siempre ha hecho calor en julio y agosto es cierto. Y precisamente por eso resulta insuficiente.

El cambio climático no significa que antes no hubiera olas de calor, sequías, inundaciones o episodios de lluvias torrenciales.

El clima no se define por la existencia de un acontecimiento aislado, sino por las estadísticas de muchos acontecimientos durante periodos prolongados: su frecuencia, intensidad, duración, distribución y probabilidad.

El tiempo nos dice qué ocurre hoy o esta semana, y el clima, cómo se comportan esas variables a largo plazo.

Por eso tampoco resuelve nada recordar que siempre ha habido gotas frías en septiembre. Una DANA (término meteorológico que sustituyó en buena medida a gota fría) es una configuración atmosférica, y ni siquiera todas las DANA producen lluvias catastróficas.

La pregunta climática relevante no es si esos fenómenos existían en el pasado, sino si las condiciones en las que se desarrollan están cambiando y modificando sus consecuencias.

AEMET ha señalado, además, indicios de intensificación de situaciones capaces de producir lluvias muy fuertes o torrenciales en el Mediterráneo español, aunque las tendencias de precipitación extrema son más complejas y regionales que las del calor.

Con las temperaturas, la señal resulta mucho más clara. AEMET estima que la temperatura media anual de España ha aumentado unos 1,75° C desde 1961, y los 12 años más cálidos de su serie pertenecen al siglo XXI.

En 2025, los récords diarios cálidos fueron muy superiores a los fríos, otro síntoma estadístico de un clima desplazándose hacia valores mayores.

2. De las franjas azules a un mundo cada vez más rojo

Hay una imagen que cuenta esta historia sin gráficos complicados ni ecuaciones. Nos referimos a las warming stripes, o franjas de calentamiento, creadas por el climatólogo Ed Hawkins.

Cada franja representa un año. Los azules corresponden a años relativamente fríos respecto al periodo de referencia y los rojos a años más cálidos.

En la versión global, que hoy recoge datos desde 1850 hasta 2025, lo que comienza como una sucesión de azules y tonos intermedios termina convertido en una concentración inequívoca de rojos oscuros.

No significa que cada barra sea más roja que la anterior. Ahí está precisamente una de las claves para entender el calentamiento global. La tendencia y la variabilidad pueden coexistir.

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó que 2015-2025 fueron, individualmente, los once años más cálidos del registro mundial. El récord anual sigue correspondiendo a 2024, aproximadamente 1,55 °C por encima del promedio de 1850-1900, quedando 2025 en segundo o tercer lugar, en torno a 1,43 °C.

Que un año baje unas décimas respecto al anterior no interrumpe la tendencia, del mismo modo que un día fresco de julio no convierte julio en invierno

Y 2026 no está ofreciendo precisamente una ruptura. Julio fue el segundo julio más cálido registrado globalmente, empatado con 2024, mientras Europa occidental encadenaba desde mayo varias olas de calor y registraba su junio-julio más cálido.

3. El Niño no explica la escalera, aunque pueda acelerar un peldaño

Una parte de las oscilaciones de un año a otro procede de fenómenos naturales. El más conocido es El Niño-Oscilación del Sur, o ENSO.

Cuando domina El Niño, grandes áreas del Pacífico ecuatorial presentan aguas superficiales más cálidas de lo habitual y cambian los intercambios de calor entre el océano y la atmósfera.

La Niña corresponde, aproximadamente, a la fase opuesta. Ambas alteran patrones meteorológicos por todo el Planeta y pueden influir temporalmente en la temperatura media global.

Podemos imaginar el calentamiento antropogénico como una rampa que asciende y El Niño y La Niña como irregularidades del pavimento. Un bache puede hacernos bajar momentáneamente, mientras que otro puede impulsarnos hacia arriba. Pero los baches no explican por qué toda la carretera está ganando altura.

De hecho, en agosto de 2026 NOAA considera que El Niño está ya presente y fortaleciéndose, y esa oscilación probablemente añadirá variabilidad y puede favorecer temperaturas globales especialmente altas, pero no creó la tendencia de las últimas décadas.

Las temperaturas altas proceden fundamentalmente del aumento de gases de efecto invernadero (GEI) causado por las actividades humanas

Las propias concentraciones atmosféricas continúan aumentando: la red global de NOAA registraba en mayo de 2026 una media provisional de CO₂ de 428,73 partes por millón, frente a 427,04 un año antes. La OMM había medido ya un récord mundial de 423,9 ppm para el promedio anual de 2024.

4. El peligro de acostumbrarnos a lo extraordinario

El problema es que los seres humanos somos extraordinariamente buenos adaptando nuestras expectativas.

Una investigación reciente basada en más de 2.000 millones de publicaciones en redes sociales y datos meteorológicos de Estados Unidos, encontró que la percepción de qué temperatura merece ser considerada excepcional cambia rápidamente con la experiencia reciente, y la gente deja de comentar determinadas anomalías cuando empieza a encontrarlas habituales, aunque el malestar asociado al calor no desaparezca necesariamente.

Es una forma de desplazamiento de la línea de referencia. Quien fue niño en los años setenta compara el verano actual con un clima distinto del que utilizará como referencia quien nazca en 2030.

Una generación puede recordar ciertos paisajes, temperaturas o ecosistemas como normales mientras la siguiente recibe ya su versión degradada o más cálida como punto de partida.

Algo parecido puede ocurrir con la disponibilidad de la información.

Después del décimo récord histórico, la expresión pierde capacidad para sorprender. Una investigación publicada en 2026 en Nature Climate Change sobre la televisión y sus audiencias en Alemania encontró que la fatiga climática no era universal, pero sí relevante y muy desigual entre grupos sociales.

Otros experimentos sobre comunicación climática han relacionado la fatiga ante mensajes repetitivos con menor atención, menor elaboración de la información y mayor tendencia a contraargumentar.

Eso no demuestra que los medios hayan decidido dejar de alarmar. Plantea un problema mucho más interesante: ¿cómo se comunica una emergencia que dura décadas sin convertirla en ruido de fondo?

Informar exclusivamente mediante catástrofes y récords puede saturar, mientras que dejar de contextualizarlos facilita que lo extraordinario parezca cotidiano.

El desafío periodístico no consiste en gritar más fuerte, sino en explicar mejor las conexiones, las tendencias y las soluciones.

5. Aire acondicionado, tecnología y la tentación de delegar

Para parte de la población de los países ricos, el cambio climático todavía puede experimentarse desde una zona relativamente protegida, es decir, vivienda aislada, nevera llena, agua potable, aire acondicionado, piscina, vehículo climatizado.

Ese confort puede generar una peligrosa ilusión de confundir estar protegido hoy con ser invulnerable mañana.

El aire acondicionado salva vidas y será una herramienta fundamental de adaptación. Pero cuanto mayor es el calor, mayor es también la demanda eléctrica precisamente en las horas más críticas.

La Agencia Internacional de la Energía (IAE) advierte de que la refrigeración puede representar alrededor del 30% de la demanda eléctrica máxima durante determinados episodios y que las olas de calor someten a presión simultáneamente al consumo y a las redes.

Eso no significa que vaya a producirse inevitablemente un apagón, sino que la resiliencia de edificios, redes eléctricas, espacios urbanos y sistemas sanitarios importa cada vez más.

Y el acceso a esa protección es profundamente desigual. La capacidad para pagar electricidad, rehabilitar una vivienda, vivir cerca de zonas verdes o abandonar temporalmente un lugar expuesto determina buena parte de la vulnerabilidad frente al calor.

La adaptación climática, recuerda la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), puede incluso ampliar desigualdades si no se diseña teniendo en cuenta a los grupos más expuestos.

También existe otra forma de delegación, y no es otra sino esperar que científicos, gobiernos, empresas o una tecnología todavía inexistente arreglen el problema mientras todo lo demás permanece igual.

La responsabilidad individual importa, pero convertir la crisis climática exclusivamente en una suma de decisiones domésticas es igualmente engañoso.

El IPCC concluye que grandes reducciones de emisiones por el lado de la demanda son posibles, pero dependen conjuntamente de infraestructuras, tecnologías, políticas públicas y cambios sociales y culturales. Elegir una alternativa sostenible sirve de poco cuando esa alternativa es cara, peligrosa o sencillamente no existe.

Necesitamos ciudadanos que cambien su estilo de vida. Pero también ciudades que permitan cambiarlo, empresas que transformen sus modelos y gobiernos que modifiquen las reglas del juego.

6. El futuro no cabe en una legislatura

Ahí aparece quizá la contradicción más incómoda. Nunca habíamos tenido tanta información sobre el riesgo climático y, sin embargo, la respuesta colectiva continúa por detrás de lo necesario.

No faltan advertencias. La OMM estima actualmente un 91% de probabilidad de que al menos un año entre 2026 y 2030 supere temporalmente 1,5 °C sobre el nivel preindustrial, y un 86 % de que alguno supere el récord de 2024.

Eso no significa que el límite de París de 1,5° C (que se refiere al calentamiento sostenido a largo plazo) haya quedado formalmente rebasado por un año aislado. Sí indica lo cerca que estamos del umbral.

¿Por qué cuesta tanto reaccionar?

No existe una sola explicación. Intervienen intereses económicos, inercias de infraestructuras construidas durante décadas, polarización política, costes inmediatos frente a beneficios futuros y una dificultad humana elemental, y es que atendemos mejor a una amenaza visible que a otra cuyo origen se acumula lentamente y cuyas consecuencias se extienden durante generaciones.

Los gobiernos, además, toman muchas de sus decisiones bajo horizontes electorales de pocos años mientras las emisiones de hoy influyen en las condiciones climáticas de 2030, 2050 y mucho después.

Ese desajuste temporal convierte el cambio climático en una cuestión profundamente política e intergeneracional

También hay que señalar que estamos dirigidos por mandatarios octogenarios dementes que no piensan en un escenario sin ellos.

Y devuelve todo el sentido a la frase que abría este artículo. Este es el verano más fresco de los que te quedan por vivir no es una profecía, sino una advertencia sobre la dirección en la que estamos moviendo el clima.

Habrá años más y menos cálidos, El Niño y La Niña, veranos lluviosos y secos. Pero si seguimos elevando las concentraciones de gases de efecto invernadero (GEI), esa variabilidad ocurrirá sobre un Planeta progresivamente más caliente.

La buena noticia, y es importante decirlo, es que el desenlace no está escrito.

El IPCC insiste en que cada incremento adicional de calentamiento aumenta pérdidas y riesgos, por lo que la consecuencia lógica es igual de importante: cada fracción de grado que evitemos también cuenta.

Reducir emisiones con rapidez, adaptar nuestras ciudades, proteger ecosistemas, mejorar edificios y redes, electrificar con energía limpia y transformar sistemas de movilidad y producción puede modificar sustancialmente el mundo que heredarán quienes hoy son niños.

Porque ellos vivirán 2050 no como un escenario en un informe, sino como nosotros vivimos hoy 2026: haciendo la compra, llevando a sus hijos al colegio, pagando la electricidad, buscando sombra en una plaza y mirando la previsión del tiempo.

La pregunta decisiva no es si nuestros hijos y nietos tendrán exactamente nuestros veranos. No los tendrán. La pregunta es cuánto dejaremos que cambien, qué ciudades podrán habitar, qué bosques conocerán, qué costas conservarán y qué margen de seguridad estaremos dispuestos a proteger para ellos.

Todavía podemos elegir entre distintos futuros. Pero elegir también significa dejar de llamar mal verano a una tendencia inapelable que llevamos décadas midiendo.

Si sabemos hacia dónde nos dirigimos, ¿por qué seguimos comportándonos como si este calor fuera solamente un mal verano?

Ricardo Estévez

Mi verbo favorito es avanzar. Referente en usos innovadores de TIC + Marketing. Bulldozer sostenible y fundador de ecointeligencia

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