Ya hemos visto que el cambio climático no enciende directamente los incendios, pero sí puede hacer que, una vez iniciados, se propaguen con más facilidad e intensidad por las condiciones meteorológicas y de sequedad que favorecen grandes fuegos.

Una vez que sabemos en qué consiste ignición, combustible, meteorología de incendio y vulnerabilidad del territorio, es importante incidir en que la mayoría de los incendios en la Península Ibérica tienen origen humano, aunque eso no basta para explicar por qué algunos alcanzan dimensiones extremas.
Además, recordemos que la atribución climática busca medir cómo el calentamiento global altera la probabilidad o la intensidad de esas condiciones extremas, no atribuir cada incendio a una sola causa.
En resumen, el cambio climático actúa más como un amplificador del riesgo y del comportamiento del fuego que como la causa directa de cada incendio.
1. El combustible y la transformación del paisaje
En este punto vamos a repasar un trabajo científico de referencia para entender por qué el problema no puede reducirse al clima.
En este estudio los autores reconstruyeron 130 años de historia de incendios en la provincia de Valencia (España) y concluyeron que, a partir de los años setenta, la frecuencia de incendios se duplicó y la superficie quemada aumentó aproximadamente un orden de magnitud.
El motor principal del cambio no fue un simple salto climático, sino el aumento de la cantidad y continuidad del combustible derivado de la despoblación rural y del abandono agrario. En su formulación, el régimen de incendios pasó de estar más limitado por el combustible a ser más impulsado por la sequía.
El estudio no demuestra que toda España ni todos los ecosistemas mediterráneos funcionen exactamente igual que la Valencia histórica estudiada, pero si indica que cuando un paisaje pierde agricultura, ganadería extensiva, desbroces, usos tradicionales y mosaicos agroforestales, la vegetación tiende a ganar continuidad, y un territorio más continuo y cargado de combustible puede responder de forma mucho más explosiva cuando llega la meteorología adversa.
La evidencia más reciente apunta en la misma dirección. La European Environment Agency (EEA) señala que el abandono de tierras en el sur de Europa aumenta el riesgo al perderse barreras paisajísticas y crecer masas más continuas, y también advierte de que los monocultivos, especialmente algunas plantaciones de coníferas o eucalipto pueden ser más inflamables, y que la transición hacia bosques mixtos y estructuras más diversas puede mejorar la resiliencia.
Del mismo modo, trabajos recientes en paisajes mediterráneos muestran que el abandono rural incrementa la carga y continuidad del combustible, mientras que los mosaicos agroforestales heterogéneos pueden reducir la superficie potencialmente afectada por incendios futuros.
A esto se suma otra interacción importante con el clima: los años húmedos pueden hacer crecer mucha vegetación, y si después llegan periodos cálidos y secos, esa vegetación se convierte en combustible.
Copernicus destacó precisamente esa transición de condiciones húmedas a secas como uno de los ingredientes que ayudó a alimentar los grandes incendios ibéricos de 2025.
2. Gestión forestal necesaria pero no milagrosa
La gestión forestal y territorial es necesaria, pero no debe presentarse como una solución mágica.
Distintos organismos plantean reforzar la prevención mediante gestión del combustible vegetal, ordenación del territorio, mantenimiento de paisajes en mosaico, integración con políticas agrarias y de protección civil, y adaptación de los dispositivos al nuevo escenario de incendios más intensos y complejos.
La EEA, por su parte, resume bien el tipo de actuaciones que hoy se consideran útiles en muchos contextos: clareos selectivos, pastoreo, agroforestería, quemas prescritas, gestión de la madera muerta, transición de monocultivos a masas mixtas, y creación de discontinuidades con especies menos inflamables cerca de infraestructuras y zonas habitadas.

Ahora bien, limpiar el monte no es una receta seria si se formula sin contexto, pues no todos los ecosistemas exigen lo mismo, no toda biomasa es suciedad, y no todas las actuaciones generan los mismos beneficios o costes.
La EEA subraya que las medidas deben basarse en conocimiento local, considerar objetivos ecológicos y sociales, y gestionar compensaciones con otros fines, como la biodiversidad o el carbono.
Además, priorizarlo todo en todas partes es inviable, ya que en paisajes extensos y con recursos limitados, la planificación debe concentrarse en lugares estratégicos donde la gestión del combustible ayude a proteger valores concretos, frenar propagaciones y facilitar la extinción.
Eso incluye una cuestión a menudo mal planteada en el debate público, y es el posible papel de los aprovechamientos sostenibles del monte. La evidencia sí sugiere que actividades como la ganadería extensiva, determinados usos de biomasa, la agroforestería o la gestión forestal adaptativa pueden crear incentivos para mantener el territorio activo y reducir combustible.
Pero eso no resuelve por sí solo el debate sobre propiedad pública o privada, ni convierte cualquier explotación económica en sinónimo de buena prevención. Lo importante no es la consigna ideológica, sino si el uso es sostenible, mantiene el territorio funcional y reduce vulnerabilidad real.
3. Cuando la extinción deja de ser suficiente
En incendios convencionales, una detección rápida y una respuesta eficaz suelen marcar la diferencia.
Pero existe una categoría de fuegos en la que esa lógica empieza a fallar: los incendios de comportamiento extremo, definidos como eventos que pueden sobrepasar temporalmente la capacidad de supresión, provocar daños desproporcionados y generar situaciones de gran riesgo para la población y los equipos de emergencia.
Copernicus recuerda que los días con FWI igual o superior a 50 son aquellos en los que pueden desarrollarse incendios críticos, por encima de 10.000 hectáreas.
World Weather Attribution (WWA) advirtió en 2025 de que la coincidencia de episodios extremos de fuego en varios países europeos estaba tensando los recursos de extinción y el Mecanismo Europeo de Protección Civil.
Y el Centro Común de Investigación (JRC, Joint Research Centre) de la Comisión Europea alertaba, en su actualización de finales de julio de 2026, de condiciones muy extremas dominando el suroeste de Francia y extendiéndose al norte de España.
España ofrece además un dato revelador sobre cómo se concentra el daño, indicando que la mayor parte del impacto no la generan miles de fuegos pequeños, sino una fracción reducida de incendios que, cuando encuentran el escenario adecuado, se vuelven extraordinariamente destructivos.
De ahí que mejorar medios aéreos, coordinación y capacidad de extinción siga siendo imprescindible, pero no suficiente
La EEA advierte de que la gestión del fuego será cada vez menos eficaz si prioriza solamente la emergencia y no la reducción del riesgo ni la recuperación.
4. La interfaz urbano-forestal y lo que deberíamos hacer
Una parte creciente del problema ya no está solo en el monte, sino en el encuentro entre monte y urbanización: la interfaz urbano-forestal.
La EEA la define como la zona donde los asentamientos humanos están dentro o junto a vegetación natural o seminatural propensa al fuego, y estima que cubría alrededor del 7,4% de la superficie europea en 2020.
Urbanización dispersa, turismo, segundas residencias y expansión periurbana están ampliando esa interfaz y, con ello, el potencial de impacto.
No es solo una cuestión de dónde arde, sino de qué está en riesgo cuando arde, por lo que se hacen necesarias medidas específicas de autoprotección y adaptar la planificación urbanística a escenarios donde las capacidades de extinción pueden verse superadas.
Eso se traduce en medidas muy concretas en forma de franjas de seguridad, reducción del combustible alrededor de las edificaciones, accesos adecuados para emergencias, planes de evacuación, hidrantes donde proceda, materiales constructivos menos vulnerables a pavesas y calor radiante, y diseño urbano que no multiplique callejones sin salida ni viviendas aisladas en entornos muy combustibles.
La guías y normativas disponibles sobre interfaz urbano-forestal organizan la mitigación del riesgo precisamente en 3 ámbitos: manejo de la vegetación, medidas sobre las edificaciones e infraestructura de defensa, además de planes de autoprotección.
La política frente a los incendios debería, por tanto, combinar al menos 6 piezas: mitigación del cambio climático, adaptación, gestión territorial y forestal, prevención, autoprotección y extinción.

Ninguna funciona de forma aislada. Reducir emisiones importa porque el calentamiento está desplazando la meteorología de incendio. Gestionar el territorio importa porque reduce continuidad y carga de combustible. Ordenar la interfaz importa porque disminuye exposición. Y mejorar la extinción importa porque siempre seguirá habiendo igniciones y emergencias.
La idea de fondo es que la lucha contra los grandes incendios no empieza cuando aparece la llama, sino que empieza años antes, en la forma en que gestionamos el territorio, mantenemos paisajes menos inflamables, reducimos nuestra vulnerabilidad y nos preparamos para convivir con un clima que ya está cambiando.
Preguntar si un incendio lo causa el cambio climático suele plantear mal el problema, ya que la pregunta relevante es cuánto está cambiando el clima las condiciones favorables al fuego y cómo interactúan esas condiciones con la ignición humana, el combustible y nuestra propia exposición.
