La respuesta corta es sí, los incendios forestales y el cambio climático sí están relacionados, pero no en el sentido simplista de que el calentamiento global sea quien prende directamente cada fuego.

En la mayoría de los casos, la ignición sigue estando vinculada a rayos o, sobre todo, a actividades humanas.
Lo que hace el cambio climático es alterar las condiciones que determinan si un fuego recién iniciado se queda en un conato o evoluciona hacia un incendio muy difícil de controlar.
Esa diferencia importa mucho. A fecha de finales de julio de 2026, la última actualización pública consultada de Copernicus situaba en más de 254.000 hectáreas la superficie quemada en la UE desde el inicio del año, por encima de la media de largo plazo para esas fechas.
Para España, Science Media Centre Spain difundió en esas mismas fechas, citando datos de EFFIS/Copernicus, una cifra superior a 119.000 hectáreas quemadas, frente a una media de 35.736 hectáreas para esa misma fecha en el periodo 2006-2025.
Por eso, la pregunta más útil no es si este incendio lo ha causado el cambio climático, sino ¿hasta qué punto el calentamiento global está haciendo más probables o intensas las condiciones meteorológicas que favorecen determinados grandes incendios, y cómo interactúan esas condiciones con el paisaje, el combustible, la gestión del territorio y nuestra exposición al fuego?
Esa es la pregunta que maneja hoy la ciencia de la atribución climática.
1. Qué significa realmente que exista una relación
Para entender bien el problema conviene separar 4 planos distintos.
- Ignición, qué inicia el fuego.
- Combustible, cuánta vegetación hay disponible para arder, qué tipo es, cuánta humedad conserva y cómo de continua está en el territorio.
- Meteorología de incendio, temperatura, humedad relativa, viento, precipitación previa, sequedad del aire y del suelo, y estado de la vegetación. Seguro que has oído hablar de la regla 30-30-30 en los incendios
- Vulnerabilidad, dónde están las viviendas, las infraestructuras y la población expuestas al fuego.
AEMET recuerda que el peligro meteorológico de incendios se basa precisamente en índices que integran temperatura, humedad, viento, lluvia acumulada y variables no meteorológicas, como el estado de la vegetación y la humedad del suelo.
Dicho de forma divulgativa, puede pensarse en una fórmula aproximada: ignición × combustible × meteorología × vulnerabilidad del territorio = riesgo de gran incendio.
No es una ecuación científica, pero sí una buena forma de explicar que los factores se combinan y se amplifican entre sí.
Un paisaje muy cargado de combustible puede no generar un gran incendio si la meteorología no acompaña; del mismo modo, una situación meteorológica extrema puede resultar menos destructiva si el territorio tiene discontinuidades, mosaicos agroforestales, menos exposición de viviendas y mejores medidas de autoprotección.
Aquí conviene distinguir además entre correlación, causalidad y atribución climática, pues que un gran incendio ocurra durante una ola de calor no prueba por sí solo que el cambio climático lo haya causado.
La atribución climática intenta responder una pregunta más precisa y es cómo ha cambiado la probabilidad o la intensidad de un tipo concreto de evento meteorológico en el clima actual respecto a un clima sin influencia humana significativa.
Para ello se combinan observaciones, modelos climáticos y escenarios, como es el caso de las lógicas metodológicas descritas tanto World Weather Attribution (WWA) como la National Academies estadounidense.

2. El papel real del cambio climático
El cambio climático no explica por sí solo los incendios, pero sí ayuda a explicar por qué ciertos incendios se vuelven más probables, intensos, rápidos y difíciles de extinguir.
El IPCC concluye con confianza media que las condiciones meteorológicas que favorecen los incendios se han vuelto más probables en algunas regiones, entre ellas el sur de Europa, y con alta confianza que los episodios compuestos de calor y sequedad aumentarán con más calentamiento.
Copernicus recuerda, además, que el Índice Meteorológico de Incendios (FWI) se usa precisamente para evaluar cómo el tiempo atmosférico influye en la inflamabilidad, el potencial de propagación y la intensidad del fuego, aunque no sirve para explicar la ignición.
Eso encaja con lo que la AEMET ha observado en España, informando que en junio de 2026 de que la temperatura media anual en España ha aumentado 1,75°C desde 1961, y que los 12 años más cálidos de la serie pertenecen al siglo XXI.
Esa señal de calentamiento no significa que todos los años sean iguales ni que cada incendio responda del mismo modo, pero sí desplaza el terreno de juego hacia veranos más cálidos, más olas de calor y una atmósfera con mayor capacidad para secar combustibles finos y vegetación.
En 2025, por ejemplo, Copernicus describió un año excepcional en Europa: el área quemada alcanzó un récord de 1.034.552 hectáreas en la UE, y en la Península Ibérica el episodio más grave llegó tras varias olas de calor y un paso de condiciones húmedas a secas que dejó abundante vegetación luego desecada.
En el noroeste ibérico, Copernicus observó 18 días de agosto con FWI extremo, unas 4 veces la media mensual del periodo de referencia, y constató una tendencia creciente de condiciones meteorológicas extremas de incendio en esa región.
Un buen ejemplo de atribución climática es el estudio rápido de WWA sobre las condiciones extremas asociadas a los incendios de agosto de 2025 en el norte de Portugal y el noroeste de España.
WWA concluyó que, en el clima actual (aproximadamente 1,3°C más cálido que el preindustrial), las condiciones meteorológicas extremas de fuego analizadas eran unas 40 veces más probables y alrededor de un 30% más intensas que en un clima 1,3°C más frío.
En resumen, el cambio climático rara vez es la cerilla, pero sí puede ser el factor que hace que, una vez iniciada la combustión, el fuego encuentre un ambiente más favorable para propagarse con rapidez, liberar más energía y superar antes los límites de contención.
3. Quién inicia los incendios y por qué esa no es toda la explicación
Si nos centramos en las estadísticas oficiales españolas, queda poca duda sobre que las causas humanas son claramente mayoritarias en la ignición.
La EGIF, la gran base de datos de incendios forestales coordinada por el MITECO desde 1968, clasifica los siniestros en 5 grupos: rayo, negligencias y accidentes, intencionados, causa desconocida y reproducción de un incendio anterior.
En el decenio 2006-2015, el 80,77% de los siniestros tuvo origen antrópico, ya fuera por negligencias y accidentes o por intencionalidad. El rayo, única causa natural inequívoca, representa en torno al 5% del total nacional, aunque su peso varía según territorios y años.
Eso no significa que todo lo demás sea clima, ni tampoco que el debate termine ahí. Identificar quién o qué inicia un incendio responde a una pregunta distinta de explicar por qué ese incendio acaba alcanzando gran tamaño o comportamiento extremo.
Un mismo tipo de ignición (una negligencia agraria, una chispa de maquinaria, un tendido eléctrico, un fuego intencionado o un rayo) puede tener consecuencias muy distintas según el combustible disponible, la humedad de la vegetación, el viento, la topografía y la cercanía de viviendas o infraestructuras.
De hecho, la European Environment Agency (EEA) recuerda que la mayoría de los incendios se inician por actividad humana y que esa realidad se vuelve especialmente problemática en la interfaz urbano-forestal, donde la presencia humana aumenta la probabilidad de ignición al mismo tiempo que multiplica la exposición de personas y bienes.

En nuestra próxima entrega sobre la relación entre incendios y cambio climático vamos a repasar la gestión forestal y la extinción, para terminar con algunas propuestas de lo que deberíamos hacer para transformar la realidad de los incendios forestales.
