Bajo los paisajes de tundra y los bosques del extremo norte se esconde una parte decisiva de la historia climática del Planeta, que no se ve desde la superficie, pero lleva milenios conservando restos de plantas y otros materiales orgánicos que, de otro modo, habrían acabado descomponiéndose.

Ahora, el aumento de las temperaturas está alterando ese equilibrio silencioso.
El deshielo del permafrost no es únicamente un problema para las regiones árticas, pues cuando el terreno se descongela, parte del carbono almacenado puede regresar a la atmósfera y contribuir al calentamiento global.
Comprender cuánto se liberará, a qué velocidad y qué podemos hacer para limitarlo se ha convertido en una cuestión científica y ambiental de primer orden.
1. Un gigantesco almacén de carbono bajo nuestros pies
Se denomina permafrost al terreno que permanece a una temperatura igual o inferior a 0° C durante al menos dos años consecutivos.
Se extiende por regiones como Alaska, Canadá, Siberia o Groenlandia y ocupa aproximadamente el 15% de la superficie terrestre del hemisferio norte, y, aunque no todo tiene la misma antigüedad, buena parte se originó durante la última glaciación.
El frío ha ralentizado durante miles de años la degradación de la materia orgánica atrapada en esos suelos, y, de ahí su extraordinaria importancia ya que se calcula que contienen unos 1,5 billones de toneladas de carbono, aproximadamente el doble del que se encuentra en la atmósfera.
Conviene distinguir entre metano y dióxido de carbono, pues no son magnitudes equivalentes y sus cantidades no deben compararse directamente sin conversión.
Cuando el suelo se descongela, los microorganismos pueden descomponer con mayor facilidad los restos orgánicos y generar dióxido de carbono (CO₂) o metano (CH₄).
El primero puede permanecer influyendo en el clima durante mucho tiempo; el segundo tiene un efecto de calentamiento más intenso por unidad de masa, especialmente a corto plazo
En suelos encharcados, con poco oxígeno, puede favorecerse la producción de metano, mientras que en ambientes aireados predomina el CO₂.
2. Una retroalimentación que los modelos todavía intentan captar
El mecanismo resulta inquietante por su sencillez: el cambio climático calienta el terreno, el permafrost se descongela, los microorganismos liberan gases de efecto invernadero (GEI) y esas emisiones alimentan un calentamiento adicional.
Según investigaciones recientes, la extensión del permafrost ártico se ha reducido alrededor de un 12% desde 1850, con una aceleración de las pérdidas durante las últimas 5 décadas.
Pero el proceso no siempre avanza lentamente. En algunas zonas, el hielo subterráneo se funde, el terreno se hunde y quedan expuestas nuevas capas orgánicas.
Este deshielo abrupto puede liberar carbono mucho más deprisa que la descongelación gradual, y un estudio de 2020 planteó que incorporar esos procesos podría llegar a duplicar las emisiones previstas por el deshielo del permafrost.
Esta diferencia importa porque muchos modelos climáticos utilizados tradicionalmente en evaluaciones internacionales solamente representan parcialmente la pérdida gradual de suelo congelado y no recogen adecuadamente esos colapsos repentinos.
No significa que todas las previsiones sean erróneas, pero sí que algunos riesgos de retroalimentación podrían estar infravalorados.

3. Incendios forestales: cuando desaparece el aislamiento del suelo
Los incendios forman parte de la dinámica natural de los bosques boreales.
Sin embargo, el aumento de las temperaturas, la sequedad de la vegetación y las condiciones favorables a las tormentas están agravando el peligro en el Ártico.
Cuando las llamas consumen musgos y capas superficiales de materia orgánica, eliminan también una protección térmica esencial: el calor del verano puede penetrar más profundamente en el suelo.
El efecto se observa en Alaska. En la zona afectada por el incendio de Yankovich Road, declarado en 2021, una sonda alcanzó al menos 3 veces más profundidad que en un terreno próximo no quemado.
En otro incendio de tundra, ocurrido en 2013 en el Parque Nacional Denali, los investigadores encontraron en 2016 una capa descongelada entre 30 y casi 60 centímetros más profunda en las parcelas más castigadas por el fuego.
Especialmente vulnerable resulta el yedoma, un permafrost antiguo, profundo y extraordinariamente rico en hielo y carbono, acumulado durante el Pleistoceno.
Su degradación puede provocar hundimientos y dejar al descubierto depósitos que tardaron milenios en formarse, y, de ahí el interés por proteger espacios como Yukon Flats, donde los incendios amenazan suelos de este tipo.
4. ¿Qué nos enseñan los paisajes de Alaska?
Las investigaciones muestran que no existe una única respuesta del ecosistema, y tras grandes incendios de 2004, algunos bosques de píceas negras fueron sustituidos por árboles caducifolios menos inflamables.
Un estudio publicado en Science en 2021 encontró que esos rodales almacenaban en el suelo unas 5 veces más carbono que aquellos donde reaparecieron las píceas.
Pero el reverdecimiento del Ártico no garantiza una compensación general de las emisiones
El incendio del río Anaktuvuk, en 2007, liberó más de 2 millones de toneladas de carbono. En algunas de las zonas más dañadas, la descomposición del suelo descongelado seguía generando CO₂ y metano casi dos décadas después. En Denali, las observaciones también apuntan a que la capa descongelada continúa siendo más profunda unos 13 años después del incendio de 2013.
Los experimentos confirman la sensibilidad del terreno incluso sin fuego. En Eight Mile Lake, investigadores calentaron parcelas mediante una mayor acumulación de nieve, que aislaba el suelo durante el invierno. Tras 13 años, el carbono del suelo había disminuido un 23%.
Estas mediciones, junto con torres de intercambio de gases, imágenes de satélite y análisis de laboratorio, ayudan a distinguir las pérdidas observadas de las proyecciones futuras, todavía inciertas.
5. ¿Cómo proteger el carbono que aún permanece congelado?
Reducir el calentamiento global es la medida fundamental, pero también se investiga si una gestión más estratégica del fuego permitiría conservar parte del carbono almacenado.
La iniciativa North Fire, impulsada por el Woodwell Climate Research Center y otras entidades, estudia intervenciones que combinan prevención, investigación y participación de las comunidades locales.
En Yukon Flats se acordó un proyecto piloto para intentar extinguir incendios en unas 650.000 hectáreas especialmente sensibles, siempre que hubiese recursos y posibilidades de contenerlos en 72 horas.
También se investigan quemas culturales indígenas y quemas prescritas para reducir el combustible vegetal, recuperando prácticas tradicionales de uso cuidadoso del fuego, adaptadas al territorio.
La tecnología ofrece otras herramientas. Los mapas de vulnerabilidad del carbono permiten identificar áreas prioritarias; satélites como los de la constelación FireSat aspiran a detectar focos pequeños con rapidez, mientras se desarrollan sistemas de inteligencia artificial para ayudar a decidir dónde intervenir.
Pero detectar un incendio no equivale a apagarlo: las distancias, los costes, la seguridad de los equipos y los efectos ecológicos de la supresión siguen planteando dificultades.
Además, apagar todos los fuegos sería imposible y podría favorecer futuras acumulaciones de combustible.
Por eso, estas propuestas deben evaluarse como ensayos con resultados aún por demostrar, no como soluciones consolidadas ni como sustitutos de la reducción de emisiones de GEI.

6. Proteger el permafrost es proteger el futuro climático
La ciencia empieza a describir con más precisión un proceso que durante mucho tiempo permaneció fuera del foco.
Algunos paisajes recuperan carbono, mientras otros continúan perdiéndolo durante décadas.
Mejorar las mediciones, cuidar los ecosistemas vulnerables e incorporar estas diferencias a las políticas climáticas permitirá tomar decisiones más eficaces.
La conclusión, pese a las incertidumbres, es clara: cuanto mayor sea el calentamiento, más difícil resultará mantener bajo tierra el carbono que el planeta ha conservado congelado durante milenios.
