La gobernanza climática global entra en una fase incómoda, en la que hay, menos cooperación, más geopolítica industrial y más tentaciones de mirar hacia otro lado y hacer como que, mientras las emisiones siguen marcando el termómetro del Planeta.

La segunda retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París (COP21), ordenada el 20 de enero de 2025 y con efecto el 27 de enero de 2026, no solamente reabre una crisis diplomática, sino que también deja un vacío de liderazgo que reconfigura quién pone las reglas, quién fabrica las tecnologías y quién paga la factura.
En ese nuevo tablero, la Unión Europea (UE) y China aparecen como polos inevitables. Pero lo hacen con estrategias distintas y con una tensión de fondo, que nos es otra, sino que la transición sostenible ya no se discute solo en cumbres climáticas, sino en cadenas de valor, minerales críticos, normas comerciales, patentes y capacidad industrial.
Y mientras China acelera con fuerza, Europa corre el riesgo de llegar tarde… o de llegar debilitada por dentro.
1. El vacío que deja Estados Unidos: menos multilateralismo, más desorden (y más caro)
Cuando una potencia se descuelga del Acuerdo de París, la pérdida no es solo simbólica. En la práctica, el impacto se multiplica en 3 capas:
- Credibilidad del sistema. Si el país que históricamente más ha contribuido al calentamiento y que sigue siendo un actor central decide salir, el mensaje para el resto del mundo es corrosivo pues parece que los compromisos pueden ser reversibles. Eso alimenta el sálvese quien pueda climático, donde cada bloque prioriza su interés inmediato.
- Dinero. La acción climática global depende (cada vez más) de financiación para mitigación, adaptación y pérdidas y daños. La propia documentación del Congreso de Estados Unidos recoge que en 2023 se estimaba que la financiación climática internacional estadounidense superaría los 9.500 millones de dólares. En un mundo de necesidades crecientes, retirar o ralentizar esos flujos no se reemplaza fácilmente.
- Efecto dominó sobre justicia climática. En 2025, la administración estadounidense también anunció su retirada del Fondo de Pérdidas y Daños, un instrumento clave para países vulnerables que ya sufren impactos irreversibles. Menos participación del Norte rico en estos mecanismos significa más exposición del Sur Global a catástrofes, deuda y reconstrucciones sin red.
La paradoja es que la transición no se detiene porque el mercado energético y tecnológico ya se mueve con inercias propias, pues las energías renovables son competitivas en gran parte del Planeta y la electrificación avanza.
Pero sí ocurre algo decisivo, ya que sin Estados Unidos liderando, la transición se vuelve más fragmentada, más desigual y geopolítica.
2. ¿Por qué UE y China pueden marcar el rumbo?
En el ciclo que se abre, el liderazgo en sostenibilidad se define por 2 tipos de poder:
2.1 Poder normativo (UE): quien escribe el manual
Europa ha sido durante años la potencia de los estándares: regula mercados, fija objetivos, obliga a reportar, penaliza emisiones, impulsa normas que luego se exportan, porque quien quiere vender en Europa, suele adaptarse a sus reglas. Esa capacidad sigue siendo enorme.
Además, la UE y sus Estados miembros son el mayor proveedor mundial de financiación climática internacional, pues en 2024 aportaron 31.700 millones de euros en financiación pública y movilizaron 11.000 millones adicionales de financiación privada para países en desarrollo.
2.2 Poder industrial de China o quien controla el hardware
China ha convertido esta transición en estrategia de Estado: planifica, escala, subsidia, compite y domina cadenas de suministro.
Datos y análisis disponibles son claros en este sentido. China fabrica aproximadamente el 80% de los paneles solares y el 60% de las turbinas eólicas del mundo. Y, en innovación, empresas chinas registran alrededor del 75% de las solicitudes globales de patentes en tecnologías de energía limpia.
Y el resultado es que, aunque el discurso internacional pueda oscilar, el mundo real de la transición se decide en capacidad productiva, costes, patentes y minerales críticos.
Y ahí China está jugando con ventaja.
3. La UE rebaja su ambición: cuando la simplificación se parece demasiado a desregulación
Europa intenta sostener su papel de referente en sostenibilidad, pero en el último ciclo aparece un giro preocupante: dominado éste por una menor exigencia regulatoria y más narrativa de competitividad. No es un matiz técnico, sino que es un cambio de dirección que puede erosionar la credibilidad europea.

Un análisis crítico reciente sobre la evolución normativa europea advierte de una dinámica de captura corporativa y de un desplazamiento de prioridades, de una descarbonización real hacia marcos contables, donde el compromiso se diluye y el coste político se reduce a base de excepciones y retrasos.
En 2025, la Comisión impulsó el paquete Omnibus I con el argumento de reducir cargas” y mejorar competitividad. El Consejo de la UE confirmó que el objetivo era simplificar legislación de sostenibilidad y dar certeza a las empresas sobre obligaciones de reporte y diligencia debida.
Aquí está el punto político: simplificar puede ser legítimo, pero también puede convertirse en una coartada para vaciar de contenido normas que precisamente existen porque la autorregulación empresarial fracasó durante décadas.
Durante 2025, la UE ha materializado retrasos y recortes a piezas clave del ecosistema regulatorio
Detrás de este desplazamiento aparece un actor constante, que no es otro que el lobby fósil con sus intereses industriales que perciben la transición como una amenaza a activos, modelos de negocio y rentas sobrevenidas.
El problema es que, cuando esa presión reconfigura la legislación climática, el coste no lo paga el lobby, sino que lo pagamos todos nosotros.
La UE compite globalmente por una influencia que no se basa en ser la fábrica del mundo, sino en marcar reglas. Si Europa flexibiliza sus propias normas por miedo a perder competitividad, puede entrar en la trampa de perder competitividad igual, y perder además autoridad en la transición verde.
4. China acelera: transición como proyecto industrial y como palanca geopolítica
China lidera porque ha entendido que la transición hacia un mundo sostenible pasa por:
- Seguridad energética: menos dependencia de importaciones fósiles.
- Crecimiento: nuevos sectores, empleo, exportaciones.
- Poder geopolítico: control de tecnología y cadenas de suministro.
La evidencia económica global empuja en esa dirección, ya que, en 2024, el 91% de los nuevos proyectos renovables a gran escala ya eran más baratos que alternativas fósiles.
La transición no es solamente es ética, sino que es rentable
Y China ha capturado esa rentabilidad con escala. Eso genera tensiones con Europa, vía aranceles, investigaciones antisubsidios, miedo a la dependencia tecnológica … pero también hay una realidad incómoda, y es que, sin China, el despliegue renovable global sería más lento y caro.
Además, la transición no sólo son paneles y turbinas, son también los minerales críticos. Informes recientes subrayan que el refinado de minerales clave está altamente concentrado, con China dominando en áreas como grafito, tierras raras y otros componentes estratégicos.

5. Conclusión y dilema para la próxima década
El futuro próximo se decidirá menos en discursos y más en decisiones estratégicas. Algunas son especialmente determinantes:
- Si Europa preserva su poder normativo o lo diluye. La simplificación puede mejorar implementación… o convertirse en desregulación que debilita la transición real. Si Europa renuncia a estándares, renuncia a su principal palanca global.
- Si el liderazgo industrial chino se convierte en cooperación o en dependencia. La transición necesita escala, pero también diversificación, resiliencia y soberanía tecnológica distribuida.
- Si el Sur Global es socio o cantera. Sin inversión justa, transferencia tecnológica, alivio de deuda y capacidad local, habrá transición en el Norte y bloqueo fósil en el Sur. Las consecuencias son tanto morales como físicas, ya que el clima no entiende de fronteras.
- Si la financiación climática se orienta a adaptación y justicia, o solamente a oportunidades de mercado. Que la UE sea el mayor proveedor de financiación climática internacional importa, pero importará más si esa financiación acelera resiliencia real y soberanía energética en países vulnerables.
La retirada de Estados Unidos no cancela la transición, pero sí cambia el tipo de transición que tendremos.
Y aquí conviene ser claros, pues lo que está en juego no es la etiqueta del liderazgo verde, sino la capacidad de evitar un desastre climático y de biodiversidad, y de hacerlo sin profundizar desigualdades.
Si Europa quiere seguir siendo referente, no le basta con anunciar objetivos, necesita coherencia.
Y si China quiere ser potencia verde, no le basta con producir barato, sino que necesita asumir responsabilidades climáticas proporcionales y evitar que la descarbonización global se construya sobre nuevas asimetrías.
En la próxima década se decide si la transición sostenible será una carrera geopolítica con ganadores y perdedores, o un proyecto de seguridad humana compartida.
Y, en esa elección, la pregunta no es quién lidera, sino qué tipo de mundo estamos aceptando como normal.
